Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Juan 3,16
El encuentro entre Jesús y Nicodemo, narrado en Juan 3:13–25, es uno de los diálogos más densos y sugerentes del Evangelio de Juan. No se trata de una controversia pública ni de una escena de confrontación, sino de una conversación íntima, situada en la noche, marcada por la búsqueda, la escucha y el deseo de comprender. En este diálogo nocturno se despliega una reflexión profunda sobre qué significa nacer a una vida nueva y cuál es el camino que Jesús propone.
Nicodemo no aparece como un antagonista, sino como alguien inquieto. Es un maestro de la Ley, conocedor de las Escrituras, pero consciente de que ese conocimiento no le basta. Algo en Jesús le interpela. Algo le empuja a salir de la seguridad de las normas y a exponerse a una conversación que puede transformarle. La noche no es solo una referencia temporal; es también símbolo de un espacio interior donde todavía hay preguntas, sombras y búsqueda sincera.
Un diálogo que nace de la inquietud
El Evangelio de Juan distingue claramente entre controversias y diálogos. Las controversias suelen darse en contextos públicos, ligados a normas, fiestas o debates religiosos, y buscan desenmascarar o desacreditar. Los diálogos, en cambio, abren caminos. El encuentro con Nicodemo pertenece a este segundo registro. No hay acusaciones ni reproches, sino palabras que invitan a mirar más hondo.
Nicodemo reconoce en Jesús algo que viene de Dios. Le llama rabí, situándose humildemente en actitud de aprendizaje, a pesar de ser él mismo un maestro. Este gesto ya contiene una primera apertura. No llega con respuestas, sino con preguntas. Y esa actitud es clave para comprender el proceso que se inicia.
Nacer de nuevo: Espíritu y agua
Jesús introduce dos símbolos fundamentales para hablar de la nueva vida: el Espíritu y el agua. Ambos aparecen de forma recurrente en el Evangelio de Juan y remiten a una transformación que no se produce por el mero cumplimiento de reglas, sino por una acción que viene de Dios.
El Espíritu es descrito como libertad. Sopla donde quiere, no se deja controlar ni encerrar. Nacer del Espíritu implica aceptar una vida que no se rige por esquemas rígidos, sino por una relación viva con Dios. El agua, por su parte, es signo de renovación, de vida que se regenera, de una sed que solo puede ser colmada desde lo profundo.
Jesús corrige la comprensión literal de Nicodemo: no se trata de volver atrás ni de repetir lo vivido, sino de dejarse transformar desde dentro. La nueva vida no nace del esfuerzo humano, sino de la fe.
La fe como camino hacia la vida
La clave de esta transformación es clara: creer en Jesús. La fe no aparece aquí como una adhesión intelectual, sino como una confianza que abre la vida a algo nuevo. En este pasaje, de forma significativa, Jesús menciona el Reino de Dios, un término poco frecuente en Juan, para subrayar que esta nueva vida no responde a lógicas de poder o dominio, sino a una alternativa vital centrada en el amor, el servicio y la relación.
Creer en Jesús es aceptar una forma distinta de vivir, donde Dios no se impone desde la amenaza, sino que se ofrece desde el don.
Dios se revela en Jesús: luz y salvación
El núcleo teológico del diálogo se expresa con una claridad extraordinaria: Dios ama al mundo. No lo condena. No lo rechaza. Lo ama hasta el punto de entregarse. Jesús se presenta como la manifestación visible de ese amor, como la luz que entra en la oscuridad sin imponerla, pero revelando lo que hay.
La imagen de la luz atraviesa todo el Evangelio de Juan. La luz no fuerza, pero desenmascara. Quien se acerca a ella acepta ser visto, transformado y sanado. La oscuridad, en cambio, representa el miedo a ese cambio, la resistencia a dejarse tocar.
Jesús no viene a condenar, sino a salvar. Esta afirmación desactiva cualquier lectura religiosa basada en el temor y sitúa la fe en el horizonte de la gracia.
El proceso silencioso de Nicodemo
El Evangelio no nos muestra una conversión inmediata. El camino de Nicodemo es lento, discreto, pero real. Más adelante, le veremos defendiendo la justicia en el Sanedrín y acompañando a José de Arimatea para dar sepultura a Jesús. La semilla plantada en la noche da fruto con el tiempo.
Su historia recuerda que la transformación no siempre es visible ni inmediata. A veces comienza con una pregunta, con una escucha atenta, con un paso tímido hacia la luz.
Una invitación para hoy
Este diálogo nocturno no pertenece solo al pasado. También hoy vivimos en contextos marcados por la incertidumbre, la fragilidad y las preguntas. El texto nos invita a revisar desde dónde vivimos nuestra fe: si desde la seguridad de lo conocido o desde la apertura a una vida nueva.
Jesús sigue siendo referencia, agua que renueva y luz que orienta. La pregunta permanece abierta: ¿qué podemos aportar a nuestro entorno cuando dejamos que esta nueva vida sea el eje de nuestro día a día?
Nacer de nuevo no es un gesto heroico, sino una disposición constante a dejarnos transformar. Como Nicodemo, estamos invitadas a escuchar, a buscar y a caminar en comunidad, confiando en que la gracia de Dios acompaña cada paso.
Este artículo está basado en la predicación del 25 de enero de 2026 en la Església Protestant Sant Pau.


