Cuidando un jardín que no es nuestro: formamos parte de él

Vivimos rodeados de señales que nos recuerdan la fragilidad de nuestro entorno: temperaturas cada vez más difíciles de reconocer como habituales, lluvias torrenciales, estaciones que parecen desajustarse, contaminación del aire y del agua, residuos que terminan en nuestros mares. Son cuestiones que nos interpelan como sociedad. Pero para quienes nos confesamos cristianos surge además una pregunta: ¿tiene nuestra fe en Jesús algo que decir sobre nuestra relación con la creación?

La pregunta nos conduce hasta Génesis 2:4–15. Allí encontramos la imagen de Dios plantando un jardín y colocando al ser humano en él para cultivarlo y cuidarlo. Sin embargo, el relato puede invitarnos a mirar más profundamente. Antes de preguntarnos qué debemos hacer con la creación, podemos preguntarnos quiénes somos nosotros dentro de ella.

Porque ese jardín no comienza con nosotros. Estaba allí antes. Y el ser humano tampoco llega desde fuera: procede de la misma tierra. Desde esta perspectiva, cuidar la creación adquiere una dimensión mucho más profunda. Cuidamos aquello de lo que nosotros mismos formamos parte.

Somos parte del jardín

El relato de Génesis presenta una relación profundamente estrecha entre el ser humano y la tierra. El nombre Adán está relacionado con adamá, tierra o suelo. La imagen bíblica del ser humano formado del polvo expresa precisamente esta pertenencia: no llegamos a la creación como visitantes procedentes de otro lugar, sino que surgimos de ella.

Esta perspectiva modifica nuestra manera de entender el cuidado de la creación. Si nos situamos fuera de ella, podemos contemplarla como un objeto disponible para nuestro uso. Pero si reconocemos que somos parte de ella, descubrimos una realidad diferente: lo que hacemos a la creación también nos afecta a nosotros mismos.

La vida depende de una inmensa red de relaciones con otras criaturas y con la propia tierra. Dependemos del agua, del aire, de los suelos, de los ciclos naturales y de innumerables formas de vida. Somos parte de una comunidad de vida profundamente interdependiente.

Por eso, la propuesta de Génesis va más allá de entendernos únicamente como administradores de algo que pertenece a Dios. Somos criaturas dentro de la misma creación que estamos llamadas a cultivar y cuidar. El jardín que cuidamos es también el jardín al que pertenecemos.

Un mundo que estaba aquí antes que nosotros

Hay otro detalle fundamental en el relato: el ser humano llega después.

Es Dios quien crea el jardín, lo planta, lo hace crecer y le da vida. El ser humano no inventa el agua, los árboles, los animales ni los ciclos que sostienen la existencia. Recibe un mundo que ya estaba allí.

Esta sencilla constatación puede transformar nuestra espiritualidad. La creación posee valor antes de que descubramos para qué puede servirnos. Una montaña tiene valor más allá de los minerales que podamos extraer de ella. Un bosque tiene sentido antes de convertirse en madera. Un río importa más allá del agua, la energía o los recursos que podamos obtener de él.

Génesis afirma que la creación ya era buena. Su valor no comienza cuando el ser humano encuentra una utilidad para ella.

Esta mirada nos invita a desplazar una visión excesivamente centrada en nosotros mismos. En lugar de preguntarnos constantemente «¿para qué me sirve?», podemos comenzar a reconocer la vida que existe ante nosotros y las relaciones que la hacen posible.

De la lógica de la posesión a la lógica de Jesús

Reconocernos como parte de la creación también cuestiona la lógica de la posesión. Si todo existe únicamente en función de lo que podemos obtener, la relación con el mundo termina fácilmente convirtiéndose en extracción, consumo y explotación.

Jesús nos conduce hacia otra manera de vivir. Su camino se expresa en el don compartido, en el servicio y en una vida entregada para que otras personas puedan vivir. Es una lógica profundamente distinta: en lugar de preguntarnos cuánto podemos obtener, preguntarnos cómo podemos dar vida.

Esta manera de comprender el Evangelio forma parte también de la identidad que queremos vivir como Església Protestant Sant Pau: una fe que encuentra en Jesús una forma de relacionarnos con Dios, con las demás personas y también con el mundo del que formamos parte.

La reconciliación que encontramos en Jesús adquiere así una dimensión integral. Tiene que ver con nuestra relación con Dios, con nosotros mismos, con quienes nos rodean y con la creación. Jesús comparte nuestra carne, nuestra vulnerabilidad y nuestra condición de criaturas, y nos muestra una manera reconciliada de habitar la vida.

Cultivar y cuidar

Génesis resume la responsabilidad humana en dos acciones sencillas y profundas: cultivar y cuidar.

Cultivar significa trabajar para que la vida pueda desarrollarse y crecer. Cuidar significa guardar, proteger y preservar. Ambas acciones hablan de una ética del cuidado: una manera de relacionarnos con aquello que hemos recibido buscando favorecer la vida.

Por eso cultivar es muy distinto de explotar. Cultivar reconoce los límites, los ritmos y el valor de aquello que tenemos delante. Busca hacer posible que la vida continúe y pueda dar fruto.

Esta perspectiva conecta con otra afirmación bíblica evocada en la predicación: «Del Señor es la tierra y todo cuanto hay en ella». La tierra no comienza en nosotros ni termina en nosotros. La hemos recibido.

También hemos recibido la vida, el tiempo, los dones y los recursos. Todo ello puede llevarnos a una pregunta espiritual muy concreta: ¿con qué lógica queremos vivir aquello que hemos recibido?

¿Cómo podemos dar vida?

La pregunta puede formularse también comunitariamente. En lugar de pensar únicamente qué podemos obtener de las demás personas o de la creación, podemos preguntarnos: «¿Cómo podemos dar vida?».

La respuesta no tiene por qué comenzar con grandes proyectos. También puede expresarse mediante gestos pequeños que transforman hábitos y ayudan a tomar conciencia. En la propia comunidad, por ejemplo, empezar a separar los residuos que generamos durante el pica-pica puede parecer algo sencillo. Pero incluso un gesto así expresa una manera de mirar aquello que compartimos.

La espiritualidad cristiana también transforma nuestra relación con la creación porque modifica nuestra manera de comprender la vida. El cuidado deja de ser solamente una cuestión medioambiental para convertirse también en una expresión de nuestra fe.

Por eso estas preguntas forman parte de aquello que podemos compartir cuando nos reunimos. Nuestro culto semanal en la Església Protestant Sant Pau es también un espacio para escuchar la Palabra, mirar la realidad que nos rodea y discernir juntos cómo vivir el Evangelio en ella.

Una espiritualidad que sale del culto

La reconciliación con Dios en Jesús no queda encerrada en el ámbito de las prácticas religiosas. La celebración de la fe está llamada a convertirse en una manera de vivir.

La imagen final de la predicación nos lleva hasta Ezequiel 47. Allí, del templo comienza a salir agua. Primero aparece como un pequeño hilo, pero va creciendo hasta convertirse en un río. Y allí donde llega ese río aparece la vida: los peces se multiplican, los árboles crecen, sus frutos alimentan y sus hojas sirven para sanar.

La imagen vuelve a evocar el jardín. Habla de una creación restaurada y de una vida que, en lugar de permanecer encerrada en el templo, fluye hacia fuera y hace posible nueva vida.

Esta imagen encuentra también un eco en Jesús. Junto a un pozo habla con una mujer acerca del agua que puede convertirse en fuente de vida. Más adelante invita a quienes tienen sed a acercarse y beber, y el Evangelio de Juan relaciona esa imagen con el Espíritu y con ríos de agua viva.

La espiritualidad cristiana puede entenderse desde esa misma imagen: recibir vida para compartir vida. Aquello que recibimos de Jesús está llamado a alcanzar nuestras relaciones, nuestras decisiones, nuestra comunidad y también nuestra manera de habitar y cuidar la tierra.

Una invitación para hoy

Quizá cuidar la creación comienza por aprender nuevamente a reconocernos dentro de ella.

Somos parte de una historia que comenzó antes que nosotros. Respiramos un aire que no hemos creado, bebemos un agua que recibimos, habitamos una tierra que sostiene nuestra vida y compartimos el mundo con una inmensa comunidad de criaturas.

Reconocerlo puede cambiar las preguntas que hacemos. Podemos pasar de «¿qué puedo obtener?» a «¿cómo puedo dar vida?». De contemplar el mundo únicamente desde su utilidad a descubrir el valor de aquello que Dios ha hecho vivir. De entender el cuidado como una obligación externa a experimentarlo como una forma de cuidar también la comunidad de vida de la que formamos parte.

La invitación de Génesis sigue siendo sencilla: cultivar y cuidar. Hacer crecer, guardar, proteger y preservar. Y hacerlo desde una espiritualidad alimentada por Jesús, capaz de salir del espacio del culto y convertirse en estilo de vida.

En medio de la crisis ecológica que vivimos, también aquí podemos ser sal y luz. Podemos nutrirnos de esos ríos de agua viva y preguntarnos, personal y comunitariamente, cuál es el pequeño gesto que podemos aportar para que la vida siga creciendo a nuestro alrededor.

Puedes encontrar otras reflexiones y predicaciones de la Església Protestant Sant Pau en nuestro canal de YouTube.

Si deseas conocer más de cerca nuestra comunidad, puedes visitar Ven al culto y descubrir cómo compartimos la fe y la vida comunitaria.

Església Protestant Sant Pau, una iglesia cristiana evangélica donde la fe se vive como gracia compartida, acompañamiento y esperanza. Una fe que acoge.

Este artículo está basado en la predicación del pastor Ismael Gramaje, del 13 de septiembre de 2026 en la Església Protestant Sant Pau.

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