No tengas otros dioses además de mí
Éxodo 20:3
La libertad abre posibilidades, pero también plantea preguntas. Después de salir de una situación que nos ha condicionado durante mucho tiempo, podemos preguntarnos cómo queremos vivir, qué valores van a orientar nuestras decisiones y en qué vamos a depositar nuestra confianza. Esa es precisamente la situación en la que se encuentra Israel después de abandonar Egipto.
La predicación de esta semana continúa el recorrido por los diez mandamientos iniciado anteriormente. El punto de partida sigue siendo la gracia: Dios se presenta como quien ha sacado al pueblo de la esclavitud y, desde esa libertad recibida, le ofrece principios para construir una vida diferente. En Éxodo 20:3–11 aparecen los primeros mandamientos, aquellos que se concentran especialmente en la relación con Dios.
Leídos desde el contexto del Éxodo, estos mandamientos adquieren una profundidad particular. Israel viene de un imperio donde el poder político, social y religioso sostenía una forma de vida marcada por la esclavitud. Salir físicamente de Egipto era el comienzo. También era necesario aprender a mirar a Dios, al poder, a las demás personas y a la propia vida desde otros principios.
Por eso la pregunta de esta predicación va mucho más allá de saber qué mandamientos debemos cumplir: ¿qué clase de espiritualidad protege la libertad y la dignidad de las personas?
Salir de Egipto también significa dejar atrás su manera de vivir
Los diez mandamientos son entregados a un pueblo que acaba de experimentar la liberación. Israel conoce de primera mano lo que significa vivir dentro de una estructura donde unas personas pueden disponer de la vida y del trabajo de otras.
Pero Egipto era mucho más que una estructura política. Su organización social estaba vinculada también a una determinada concepción religiosa. El poder, la religión y la autoridad del faraón formaban parte de un mismo sistema.
De ahí nace una de las claves de lectura de la predicación: salir de Egipto requiere también cuestionar aquello que sostenía la lógica de Egipto.
El pueblo liberado necesita aprender otra manera de organizar su existencia y también otra manera de comprender su relación con Dios. La cuestión es decisiva: ¿reproducirá los mismos esquemas que acaba de abandonar o construirá una forma de vida diferente?
La predicación recupera para expresarlo una afirmación compartida anteriormente en Sant Pau por el pastor José Luis Castro: «El Dios al que un hombre da culto dicta y determina la conducta de dicho hombre». La manera en que imaginamos a Dios acaba influyendo en nuestra manera de mirar la vida, relacionarnos con otras personas y comprender el poder.
Por eso estos primeros mandamientos contienen también una propuesta profundamente humana: relacionarse con Dios de tal manera que la libertad recién recibida pueda ser protegida.
La libertad necesita un centro
El primer mandamiento dirige toda la atención hacia una cuestión fundamental: ¿dónde depositamos nuestra confianza última?
Israel había vivido rodeado de un amplio mundo religioso y ahora escucha una invitación a colocar en el centro al Dios que lo ha liberado. Ese detalle resulta esencial. El Dios que reclama ese lugar se ha dado a conocer precisamente mediante un acto de liberación.
La pregunta continúa teniendo sentido mucho después del mundo antiguo. Quizá nuestras ciudades ya no estén llenas de templos dedicados a las divinidades egipcias, pero seguimos necesitando preguntarnos qué ocupa realmente el centro de nuestra existencia.
¿En qué confiamos de manera última? ¿Qué orienta nuestras decisiones? ¿Qué clase de Dios sostiene nuestra espiritualidad?
Según la predicación, el Dios que se revela en el Éxodo se presenta como un Dios de gracia, libertad y amor. Precisamente por eso puede convertirse en el centro de la vida espiritual sin reducir a las personas a instrumentos del poder.
Esta perspectiva también interpela a la iglesia. Una comunidad cristiana puede preguntarse constantemente qué imagen de Dios está comunicando y qué frutos produce esa imagen en quienes se acercan a ella.
En la Església Protestant Sant Pau queremos vivir la fe desde la gracia, la acogida y la libertad que encontramos en Jesucristo. Hablar de Dios implica también preguntarnos si nuestra manera de vivir y comunicar la fe ayuda a las personas a crecer en esa libertad.
Cuando construimos a Dios a nuestra imagen
El siguiente mandamiento aborda las imágenes y los ídolos, y la predicación propone una reflexión especialmente sugerente: la Escritura habla del ser humano creado a imagen de Dios, pero cuando fabricamos un ídolo podemos terminar haciendo justamente el movimiento contrario, construyendo un dios a nuestra propia imagen y semejanza.
Entonces Dios corre el riesgo de convertirse en una proyección de nuestras preferencias, nuestros temores, nuestros prejuicios o nuestros intereses.
Esta tentación no pertenece únicamente a las sociedades antiguas. También podemos tomar al Dios en quien creemos y encerrarlo dentro de nuestras propias categorías, hasta hacerlo coincidir siempre con aquello que nosotros pensamos.
El Dios que se revela en estos mandamientos no se deja domesticar.
Esta afirmación abre una tarea espiritual importante. La fe puede cultivarse manteniendo la capacidad de hacernos preguntas, dialogar con el texto bíblico, escuchar nuestro tiempo y revisar nuestras propias creencias.
Una fe viva puede preguntarse constantemente si continúa buscando a Dios o si, poco a poco, ha comenzado a conformarse con una imagen de Dios construida a su conveniencia.
Esto también tiene una dimensión comunitaria. Las iglesias pueden necesitar revisar sus propias maneras de hablar de Dios. Una comunidad cristiana madura permanece abierta al discernimiento, consciente de que Dios es siempre mayor que nuestras formulaciones y nuestras categorías.
La fe, desde esta perspectiva, se trabaja y se cultiva. Crece cuando aprendemos a escuchar, preguntar y reconocer nuevamente al Dios de gracia y libertad que encontramos en las Escrituras y en Jesucristo.
Hablar en nombre de Dios es una responsabilidad
El mandamiento sobre el uso del nombre de Dios profundiza todavía más en esta cuestión.
Si podemos sentir la tentación de construir una imagen de Dios a nuestra conveniencia, también podemos utilizar su nombre para reforzar nuestras propias posiciones. La historia cristiana ofrece suficientes ejemplos de lo fácil que resulta vincular nuestras opiniones, prejuicios o deseos de poder con afirmaciones pronunciadas en nombre de Dios.
Expresiones como «Dios quiere», «Dios piensa», «Dios condena» o «Dios aprueba» tienen un peso enorme cuando se pronuncian sobre la vida de otras personas.
Por eso la predicación insiste en una actitud de humildad. Reflexionar sobre Dios, enseñar y compartir nuestra fe forma parte de la vida cristiana, pero hacerlo supone reconocer también nuestros límites.
Hablar de Dios es una responsabilidad.
El nombre de Dios puede ser pronunciado como buena noticia, esperanza y libertad. También puede ser instrumentalizado para legitimar el poder de unas personas sobre otras. Precisamente ahí el mandamiento conserva toda su actualidad.
Utilizar el nombre de Dios para imponer nuestras propias conclusiones podría reproducir la misma lógica que los mandamientos quieren dejar atrás: la lógica de un poder religioso que termina sirviendo a la opresión.
Una espiritualidad para la vida aprende, por tanto, a hablar de Dios con reverencia, humildad y conciencia de que ninguna persona ni institución posee a Dios.
El descanso también es una cuestión de dignidad
Después de hablar del lugar de Dios, de las imágenes que construimos y del uso de su nombre, el Decálogo introduce algo que podría parecer sorprendente: el tiempo.
«Acuérdate del día sábado para santificarlo», dice Éxodo 20:8.
Y aquí la predicación descubre uno de los elementos más profundamente liberadores de esta primera tabla. El día dedicado a Dios es también un día dedicado al descanso.
Y ese descanso alcanza a toda la comunidad: hijos e hijas, quienes trabajan, las personas extranjeras e incluso los animales. En el centro de la adoración aparece un tiempo en el que la lógica de producir se detiene.
Para un pueblo que viene de la esclavitud, esto posee una fuerza extraordinaria.
En Egipto había que continuar haciendo ladrillos. El valor de una persona estaba sometido a aquello que podía producir y al cumplimiento de las exigencias del poder. El sábado introduce otra lógica: la vida humana necesita descanso y su dignidad es mayor que su capacidad de producir.
Esa intuición continúa interpelándonos en sociedades donde el rendimiento, la productividad, el éxito profesional y la disponibilidad constante pueden terminar ocupando buena parte de nuestra existencia.
El mandamiento recuerda algo sencillo y profundamente espiritual: somos más que nuestro trabajo y más que nuestros resultados.
Necesitamos tiempo para Dios, para las demás personas y para nosotros mismos. Tiempo para descansar, encontrarnos, celebrar, cuidar y recuperar el sentido de nuestra propia vida.
Una espiritualidad para la vida
Desde ahí podemos comprender de otra manera la santificación del día dedicado a Dios.
En la predicación, el sábado bíblico se proyecta hacia la experiencia cristiana del domingo como tiempo de encuentro, adoración y descanso. Su sentido va mucho más allá de convertir la asistencia al culto en una obligación que deba cumplirse.
La lógica es justamente más profunda: disponer de un tiempo donde podamos detenernos y recordar que hemos sido llamados a la libertad.
Encontrarnos con Dios. Encontrarnos con otras personas que comparten la fe. Descansar. Cuidarnos. Alegrarnos. Escuchar la Palabra. Recuperar perspectiva sobre nuestra semana y sobre nuestra vida.
Desde esta mirada, nuestro culto semanal puede entenderse también como un espacio donde cultivamos esta espiritualidad compartida: tiempo para la Palabra, la oración, la alabanza, la comunidad y el encuentro con Dios.
El domingo adquiere así un significado que va más allá de una regla religiosa. Puede convertirse en un espacio donde recordamos juntos que nuestra identidad no depende únicamente de aquello que hacemos o producimos.
Crear espacios de descanso, acogida y cuidado también forma parte de la espiritualidad.
Quizá por eso la pregunta de la predicación resulta tan sugerente: ¿y si recuperar estos principios pudiera traer también sanidad y equilibrio a nuestra manera de vivir?
Una iglesia que anuncia a un Dios de libertad
Los cuatro mandamientos considerados en esta predicación parecen distintos entre sí, pero comparten un mismo movimiento.
Invitan a colocar en el centro al Dios que libera. A permitir que Dios siga siendo mayor que las imágenes que construimos de él. A tratar su nombre con una responsabilidad que impida convertirlo en instrumento de nuestros intereses. Y a reconocer que la adoración al Dios de la vida incluye también descanso, dignidad, relación y cuidado.
De este modo, la espiritualidad deja de ser algo separado de la existencia cotidiana. Afecta a nuestra manera de comprender el poder, nuestra relación con el trabajo, el uso que hacemos de la religión, nuestra capacidad de descansar y la forma en que tratamos a quienes nos rodean.
La predicación vuelve así a la advertencia que atraviesa esta serie sobre el Decálogo: haber salido de Egipto también implica aprender a vivir sin reproducir la lógica del faraón.
Para una comunidad cristiana esto significa asumir una responsabilidad especial. Si anunciamos a un Dios de libertad, nuestra manera de relacionarnos con las personas está llamada a expresar esa misma libertad.
La iglesia puede convertirse en un lugar donde nadie necesite vivir la fe desde el miedo o la presión, sino donde podamos encontrarnos con Dios, discernir, crecer, descansar y aprender juntos a seguir a Jesús.
Una invitación para hoy
Tal vez podamos llevarnos de esta predicación algunas preguntas para nuestro propio camino.
¿Qué ocupa hoy el centro de nuestra vida? ¿Qué imagen de Dios estamos construyendo? ¿Cómo hablamos en su nombre? ¿Qué lugar tienen el descanso, la comunidad y el cuidado dentro de nuestra espiritualidad?
Y quizá haya una pregunta todavía más personal: ¿cuál ha sido el Egipto del que Dios nos ha ido sacando?
Recordarlo puede ayudarnos a reconocer la libertad recibida y también a discernir cómo queremos vivirla. El Dios que aparece en estos mandamientos se presenta como un Dios que quiere vida para sus criaturas, que dignifica la existencia y abre un camino donde la espiritualidad puede ser fuente de libertad, equilibrio y cuidado.
Podemos acercarnos a estos mandamientos como una invitación a cultivar una relación con Dios que nos permita vivir con mayor profundidad: una fe que pregunta, discierne y crece; una manera responsable de hablar de Dios; una espiritualidad que sabe detenerse y una comunidad capaz de crear espacios donde las personas puedan respirar, descansar y encontrarse.
Los diez mandamientos pueden ayudarnos a descubrir una espiritualidad para la vida: arraigada en la gracia, orientada hacia la libertad y comprometida con la dignidad de las personas.
Si deseas seguir profundizando en esta y otras reflexiones bíblicas, puedes visitar el espacio dedicado al culto y a la vida comunitaria de la iglesia en Ven al culto.
Església Protestant Sant Pau, una iglesia cristiana evangélica donde la fe se vive como gracia compartida, acompañamiento y esperanza. Una fe que acoge.
Este artículo está basado en la predicación del pastor Ismael Gramaje, del 31 de agosto de 2026 en la Església Protestant Sant Pau.


