Los Diez Mandamientos: no solo se trata de ti, se trata de tu prójimo

Hablar de libertad suele llevarnos a pensar en aquello que podemos hacer, elegir o decidir por nosotros mismos. Pero ¿qué ocurre cuando nuestra libertad entra en contacto con la vida de otra persona? ¿Hasta dónde llega lo que podemos hacer cuando nuestras decisiones afectan a su dignidad, su bienestar o su propia libertad?

En Éxodo 20:12–17, la segunda parte de los Diez Mandamientos dirige nuestra mirada precisamente hacia el prójimo. Honrar al padre y a la madre, no matar, no cometer adulterio, no robar, no dar falso testimonio y no codiciar pueden parecernos mandamientos muy diferentes. Sin embargo, todos ellos tienen algo en común: colocan límites a nuestro poder sobre la vida de los demás.

Para comprenderlos, necesitamos recordar el marco en el que Israel recibe el Decálogo. El pueblo acaba de ser liberado de Egipto. Dios se ha presentado como aquel que lo ha sacado de la esclavitud y ahora le muestra cómo vivir esa libertad. Después de los primeros mandamientos, centrados en la relación con Dios, la segunda tabla obliga a mirar al otro, al vecino, al prójimo.

La predicación nos propone acercarnos a estos mandamientos desde ahí: la libertad que Dios regala se convierte en responsabilidad por la vida del otro. Una libertad que aprende a reconocer que el otro no me pertenece y que, precisamente por eso, puede transformarse en cuidado.

De la liberación de Egipto a la dignidad del prójimo

La historia comienza con una declaración que da sentido a todo el Decálogo: Dios es quien ha sacado a Israel de Egipto, de la casa de esclavitud. Antes de recibir los mandamientos, el pueblo ha experimentado a un Dios liberador.

Egipto representa una forma de entender el poder en la que unas personas pueden disponer de otras. El faraón utiliza seres humanos como instrumentos para sostener su propia realidad. Las personas dejan de tener valor por sí mismas y pasan a valer por aquello que pueden producir.

La segunda tabla de los mandamientos propone una visión radicalmente diferente: el otro no es un instrumento ni una cosa; es alguien que tiene valor en sí mismo y cuya dignidad debe ser reconocida y protegida.

Por eso los mandamientos pueden leerse como algo mucho más profundo que una lista de prohibiciones morales. Enseñan a Israel a vivir de tal manera que la libertad recién recibida no termine destruyendo la libertad de los demás, instrumentalizándolos, cosificándolos o robándoles su dignidad.

Después de mirar a Dios, el Decálogo nos obliga a mirar al prójimo. Y es precisamente ahí donde las palabras de Jesús —amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo— ayudan a descubrir el sentido que atraviesa esta segunda tabla.

La libertad comienza cuando reconozco que el otro no me pertenece

Esta es la primera de las dos grandes ideas que propone la predicación: la libertad comienza cuando reconozco que el otro no me pertenece.

Honrar al padre y a la madre, no matar, no cometer adulterio, no robar y no dar falso testimonio ponen límites a nuestro poder sobre la vida de otras personas. La libertad es un regalo precioso, pero necesita aprender a convivir con la libertad y la dignidad del otro.

Podemos sentirnos libres para hablar, decidir o actuar y, sin embargo, utilizar esa libertad de una manera que destruya a otra persona. Por eso estos mandamientos introducen también una responsabilidad: no basta con preguntarnos qué podemos hacer; necesitamos preguntarnos qué produce nuestra libertad en la vida de quienes tenemos delante.

Honrar al padre y a la madre: reconocer que vivimos vinculados

El primero de estos mandamientos nos lleva a las relaciones entre generaciones. Ismael recuerda que el texto pertenece a un contexto histórico muy diferente al nuestro y que no necesitamos convertirlo en la legitimación de un único modelo familiar para todas las épocas y culturas.

Las formas familiares y las relaciones han cambiado. Lo que permanece es la dignidad humana que sostiene esas relaciones.

Desde ahí, el mandamiento puede llevarnos a algo más profundo que una obligación dirigida exclusivamente a los hijos respecto de sus progenitores: reconocer que nuestra vida no comienza con nosotros mismos.

Hemos recibido la vida. Hemos dependido de otras personas para llegar hasta aquí y llegará también un momento en el que otras personas dependerán de nosotros, sean nuestros hijos o no. La existencia humana está hecha de vínculos y responsabilidades mutuas.

Honrar esos vínculos significa reconocer que no somos individuos aislados. Nuestra libertad se vive dentro de una red de relaciones en la que recibimos cuidado y también somos llamados a cuidar.

«No matarás»: la vida del otro no está a nuestra disposición

Desde esos vínculos, la predicación pasa casi de manera natural al «No matarás».

El mandamiento protege, por supuesto, la vida física. Pero Ismael propone profundizar en la afirmación que existe detrás: la vida del otro no está a nuestra disposición.

No nos corresponde establecer qué vidas valen más y cuáles menos según si una persona piensa como nosotros, es pobre o vulnerable, tiene más o menos estudios, pertenece a otro grupo étnico o resulta útil para nuestros intereses.

Egipto había mostrado precisamente la lógica contraria: el poder podía disponer de la vida de los esclavos porque los consideraba suyos. El Decálogo introduce un límite radical: no tenemos poder sobre la vida de los demás.

Y esta cuestión continúa siendo actual. Existen formas evidentes de violencia física, pero también podemos deshumanizar mediante la indiferencia, el lenguaje, la exclusión, la polarización o la desinformación. Incluso podemos dejar de ver a determinadas personas porque aquello que representan nos resulta incómodo.

Una de las maneras más sencillas de hacerlo consiste en reducir a alguien a una etiqueta: «el inmigrante», «el pobre», «el gay», «la lesbiana», «el conservador», «el progresista», «el creyente», «el ateo». Cuando la categoría ocupa el lugar de la persona concreta, resulta mucho más fácil cosificarla, instrumentalizarla o despreciarla.

Por eso Ismael lleva el mandamiento nuevamente hasta la persona: «No matarás» a otro ser humano, no a una categoría. No destruirás la vida del otro para proteger tu propia manera de entender la realidad ni lo convertirás en alguien de quien puedes prescindir.

Esta lectura nos invita también a mirar nuestras propias relaciones. ¿Hay alguien a quien hemos reducido a una etiqueta? ¿Alguien cuya dignidad hemos dejado de ver porque nos resulta incómodo? ¿Alguna vida que hemos considerado menos importante porque no encaja en nuestros intereses?

La libertad cristiana comienza cuando entendemos que el otro no me pertenece. Y desde ahí empezamos también a comprender las palabras de Jesús: amar al prójimo como a uno mismo.

La libertad se convierte en cuidado

La segunda gran idea de la predicación reúne los últimos mandamientos bajo otra afirmación: la libertad se convierte en cuidado. No utilizarás al otro para ti.

No cometer adulterio, no robar, no dar falso testimonio y no codiciar pueden leerse cada uno desde su propia particularidad. Pero juntos colocan delante de nuestro ego la existencia de otra persona y aquello que le pertenece: sus vínculos, sus bienes, su reputación, su dignidad.

El otro existe por sí mismo. No está ahí para satisfacer nuestras necesidades, nuestros deseos o nuestro bienestar.

No cometerás adulterio: el otro tampoco es alguien de quien disponer

Dentro de esta misma lógica, el mandamiento sobre el adulterio forma parte del límite que el Decálogo pone a nuestro poder sobre otras personas. Los vínculos y las relaciones del otro merecen respeto.

La cuestión de fondo vuelve a ser la misma: una persona no puede convertirse en objeto de nuestra apropiación ni en instrumento de nuestro deseo o beneficio.

La libertad que dignifica reconoce que también en nuestras relaciones existen límites que protegen al otro. Amar al prójimo implica aprender a encontrarnos con las personas como sujetos de su propia vida y no como algo disponible para nosotros.

No robarás: lo que pertenece al otro merece respeto

«No robarás» hace visible esa misma responsabilidad en relación con los bienes. No podemos apropiarnos de aquello que pertenece a otra persona simplemente porque lo queremos o porque está a nuestro alcance.

El mandamiento va mucho más allá de pequeños hurtos cotidianos. Vuelve a poner un límite a la lógica según la cual mi libertad me permitiría tomar aquello que puedo conseguir.

La existencia del prójimo introduce otra pregunta: ¿qué le pertenece y qué estoy llamado a respetar? La libertad deja entonces de medirse únicamente por mis posibilidades y comienza a tener en cuenta los derechos y la dignidad de quien está a mi lado.

No darás falso testimonio: proteger la reputación del otro

El falso testimonio toca algo todavía más frágil: la reputación, el honor y la dignidad de una persona.

Nuestras palabras pueden destruir. Una mentira, un rumor o una acusación falsa pueden quitarle a alguien algo que quizá nunca podamos devolverle. Y este mandamiento adquiere una actualidad especial en un tiempo en el que una información puede recorrer miles de kilómetros en pocos segundos.

Podemos compartir algo sin comprobarlo, difundir una acusación, ridiculizar públicamente a alguien o convertir a una persona en objeto de burla. Un gesto aparentemente pequeño puede tener consecuencias enormes sobre una vida.

Por eso la predicación formula una idea especialmente clara: la verdad también es una forma de proteger al prójimo.

Nuestra libertad de hablar lleva consigo una responsabilidad por aquello que nuestras palabras pueden producir en la vida de los demás.

No codiciarás: cuando el mandamiento entra en nuestros deseos

El último mandamiento introduce un movimiento especialmente interesante. El Decálogo ya no se ocupa solamente de aquello que hacemos externamente, sino que nos lleva hacia nuestros propios deseos.

Podemos no haber robado nunca nada a una persona y, sin embargo, vivir deseando permanentemente aquello que tiene. Podemos no hacerle daño físicamente y alimentar dentro de nosotros la comparación, la rivalidad, la competencia o la necesidad de poseer lo que pertenece al otro.

Entonces su éxito amenaza el nuestro. Su felicidad parece cuestionar la nuestra. Aquello que tiene despierta la necesidad de poseerlo también. Y poco a poco dejamos de encontrarnos con una persona digna para verla como competidora, como obstáculo o como alguien a quien necesitamos superar.

El mandamiento nos invita así a mirar también hacia dentro. La dignidad del prójimo se juega igualmente en la manera en que aprendemos a mirar aquello que es, aquello que tiene y aquello que vive.

Los mandamientos concretan el amor al prójimo

Al recorrer estos mandamientos aparece una intuición que los une: amar al prójimo significa renunciar a convertirlo en un instrumento al servicio de nuestro bienestar.

Hablar de amor puede resultar sencillo. Lo difícil es concretarlo. Y esta segunda tabla del Decálogo concreta el amor de una manera profundamente práctica.

Amar significa proteger la vida. Significa no utilizar a una persona, no apropiarnos de lo que le pertenece, no destruir su reputación, respetar sus vínculos y aprender a revisar incluso los deseos que pueden convertirla en objeto de nuestra comparación o beneficio.

Los mandamientos dejan así de ser una lista abstracta para convertirse en preguntas sobre nuestras relaciones cotidianas: cómo hablamos, cómo miramos, cómo discrepamos, cómo respetamos límites y cómo reconocemos la dignidad de quienes tenemos delante.

Una comunidad donde nadie vale por lo que aporta

Ismael lleva finalmente esta lectura del Decálogo a la propia iglesia. También una comunidad cristiana puede caer en la tentación de instrumentalizar a las personas.

Podemos empezar a valorar a alguien por el dinero que aporta, por sus dones, por su capacidad de trabajo, por su compromiso o por su asistencia a las actividades. Y una comunidad de personas que creen en Jesús puede acabar funcionando, en palabras de la predicación, como una «fábrica de religión cristiana».

El Evangelio nos recuerda algo mucho más profundo: una persona vale porque es persona, porque es criatura de Dios y porque Dios la ama tal como es. Desde esa gracia y esa libertad podrá después aportar, participar y poner sus dones al servicio de los demás.

Esta convicción expresa también aquello que queremos vivir como Església Protestant Sant Pau: una comunidad donde cada persona pueda ser reconocida y acogida en su dignidad.

Podemos aprender a cuidar nuestras palabras, escucharnos y crear un espacio suficientemente seguro para que las personas puedan expresar lo que llevan dentro. Podemos discrepar sin destruirnos y permitir que las diferencias existan sin convertirse en amenazas.

También nuestro culto semanal forma parte de este camino compartido: escuchar la Palabra, pensarla juntos y permitir que ilumine la manera en que vivimos nuestras relaciones.

Una iglesia que humaniza

La predicación termina proponiendo una imagen que recoge todo el recorrido: una iglesia que humaniza, una iglesia como fuente de dignidad.

Una comunidad donde el otro pueda seguir siendo otro sin dejar de ser digno. Donde nuestra libertad contribuya a que otras personas puedan vivir también con libertad y dignidad.

Dios ama al ser humano y le concede dignidad. Los mandamientos muestran cómo quienes reconocen a ese Dios pueden reproducir ese mismo cuidado hacia los demás. Por eso el Decálogo no aparece aquí como un mecanismo de control ni como una competición para comprobar cuántos mandamientos hemos conseguido cumplir. Nos muestra una manera de vivir la libertad que Dios ha regalado.

Esta mirada bíblica y comunitaria está presente también en otras predicaciones y reflexiones de la Església Protestant Sant Pau, donde seguimos acercándonos a la Escritura para pensar juntos cómo vivir la fe en nuestro tiempo.

Una invitación para hoy

Al final, Ismael deja varias preguntas dirigidas tanto a cada persona como a la comunidad: ¿las personas que están a nuestro alrededor son más libres cuando entran en contacto con nuestra vida? ¿Son más dignas cuando se relacionan con nosotros? ¿Son un poco más humanas después de haberse encontrado con nosotros o con nuestra iglesia?

Son preguntas que permiten volver a mirar todo el recorrido de los mandamientos.

El Dios que libera a Israel de la esclavitud le enseña a vivir una libertad que reconoce la vida, los vínculos, los bienes, la reputación y la dignidad del prójimo. Una libertad que pone límites a nuestro poder sobre los demás y que finalmente se convierte en cuidado.

El camino permanece abierto. Como personas y como comunidad seguimos siendo vidas en transformación. Podemos continuar aprendiendo a mirar al otro como persona, a cuidar nuestras palabras, a revisar nuestros deseos y a construir relaciones donde nadie sea utilizado como instrumento de nadie.

Y quizá así podamos seguir haciendo concreto aquello que Jesús expresó de una manera tan sencilla y exigente: amar al prójimo como a nosotros mismos.

Si deseas conocer cómo vivimos esta fe en comunidad, puedes visitar el espacio dedicado al culto y a la vida comunitaria de la iglesia en Ven al culto.

Església Protestant Sant Pau, una iglesia cristiana evangélica donde la fe se vive como gracia compartida, acompañamiento y esperanza. Una fe que acoge.

Este artículo está basado en la predicación del pastor Ismael Gramaje, del 6 de septiembre de 2026 en la Església Protestant Sant Pau.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
Scroll al inicio