Entonces él respondió y dijo: … una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo
Juan 9: 25
“Era ciego y ahora veo”: una luz que nadie puede silenciar (Juan 9)
El capítulo 9 del Evangelio de Juan nos presenta uno de los relatos más intensos y narrativamente elaborados del cuarto evangelio: la sanación del hombre nacido ciego. Pero Juan no quiere que lo leamos solo como un milagro espectacular. Lo que está en juego es algo más profundo: un proceso de transformación interior, un camino de fe que atraviesa conflicto, interrogatorio y exclusión.
Aquí, la luz no solo devuelve la vista; revela el corazón.
Más que un milagro: un proceso
El relato comienza con una pregunta teológica: ¿Quién pecó para que este naciera ciego? Jesús desmonta la lógica de la culpa y del castigo. La ceguera no es consecuencia automática del pecado. En lugar de buscar responsables, Jesús actúa: unge, envía, restaura.
Sin embargo, el verdadero movimiento del texto no es solo físico, sino espiritual. El hombre sanado inicia un recorrido progresivo en su comprensión de Jesús: Primero lo llama “un hombre”. Después afirma que es “un profeta”. Más tarde defiende que viene de Dios. Finalmente, lo reconoce como Señor y lo adora.
La vista física recuperada abre paso a una visión más profunda. La fe, en Juan, no aparece de golpe; crece, se clarifica, se fortalece en medio del conflicto.
El testimonio frente a la presión
A medida que el hombre ve con claridad, el entorno religioso parece cegarse más. Fariseos, vecinos y autoridades lo interrogan repetidamente. No pueden negar el hecho, pero intentan desacreditar la experiencia. El hombre responde con una sencillez desarmante: “Solo sé una cosa: era ciego y ahora veo”.
Su testimonio no se basa en teorías sofisticadas ni en discursos aprendidos. Brota de una experiencia vivida. Y esa experiencia se convierte en palabra firme incluso cuando enfrenta presión, sospecha y expulsión. El contraste es fuerte: quienes creen ver —los líderes religiosos— se cierran; quien estaba en la oscuridad camina hacia la luz.
Confesar a Jesús y pagar el precio
El Evangelio de Juan deja entrever la situación de la comunidad cristiana a finales del siglo I. Confesar a Jesús como Mesías podía implicar exclusión de la sinagoga, ruptura social, pérdida de vínculos. El relato no es solo memoria de un milagro pasado; es espejo de una comunidad que aprende a sostener su fe en medio de la marginación.
En ese sentido, Juan 9 conecta con nuestro presente. También hoy creer puede implicar incomprensión, cuestionamiento o incluso aislamiento. No siempre es cómodo afirmar que Jesús es la Luz del mundo. A veces la fidelidad tiene un coste.
Pero el texto nos recuerda algo decisivo: la expulsión no es el final. Cuando el hombre es echado fuera, Jesús lo busca de nuevo. La comunidad puede cerrarse; Cristo no abandona.
De la exclusión a la adoración
El momento culminante del relato es profundamente íntimo. Jesús se encuentra de nuevo con el hombre y le pregunta si cree en el Hijo del Hombre. La respuesta es una confesión personal y libre: “Creo, Señor”. Y lo adora. La fe alcanza aquí su madurez: no se limita a defender un hecho, sino que se convierte en relación y entrega. El hombre que había sido reducido a su ceguera se transforma en sujeto de fe, en testigo y en adorador.
La verdadera visión consiste en reconocer a Jesús y dejarse iluminar por Él.
Una luz para la comunidad
Para la comunidad de la Església Protestant Sant Pau, este texto es una llamada a examinar nuestra propia experiencia. ¿Qué ha hecho Jesús en nuestra vida? ¿Desde dónde nace nuestra fe: de la tradición heredada, del hábito, del miedo… o de un encuentro transformador?
También es una invitación comunitaria: ¿estamos dispuestos a sostener la luz recibida incluso cuando tiene un precio? ¿Somos espacio de acogida para quienes han sido “expulsados” o cuestionados por su fe?
Juan 9 nos recuerda que la fe auténtica no puede ser silenciada. Puede ser interrogada, ridiculizada o marginada, pero cuando nace de una experiencia real con Cristo, encuentra palabras sencillas y firmes. “Era ciego y ahora veo” no es solo una frase del pasado. Es la confesión de toda comunidad que ha descubierto en Jesús la luz que disipa la oscuridad.
Porque cuando la Luz del mundo nos alcanza, la noche ya no tiene la última palabra.
Este artículo está basado en la predicación del 15 de febrero de 2026 en la Església Protestant Sant Pau


