Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró.
Juan 11: 33-35
“Jesús lloró”: lágrimas que revelan esperanza (Juan 11: 1–44)
El capítulo 11 del Evangelio de Juan nos sitúa ante uno de los relatos más sobrecogedores del evangelio: la resurrección de Lázaro. En medio de un texto largo, dramático y cargado de tensión, encontramos el versículo más breve y, al mismo tiempo, más profundo: “Jesús lloró”. Antes del milagro, antes del grito que rompe el silencio del sepulcro, hay lágrimas. Y esas lágrimas se convierte en una revelación.
Un Dios que no es indiferente
Cuando Jesús llega a Betania, Lázaro ya lleva días en el sepulcro. Marta y María lo reciben con una mezcla de fe y reproche: “Si hubieras estado aquí…”. Es la frase que tantas veces brota también de nuestros labios ante la pérdida y el dolor.
El relato podría avanzar directamente hacia el signo extraordinario. Pero Juan se detiene. Nos muestra a Jesús conmovido, profundamente afectado, hasta el punto de llorar ante la tumba de su amigo.
Estas lágrimas no son un gesto teatral ni una debilidad pasajera. Son la expresión de un Dios que no contempla el sufrimiento desde la distancia. En Jesús, Dios se acerca a la herida humana y la habita desde dentro.
La humanidad que salva
El Evangelio de Juan presenta a Jesús como el Verbo hecho carne, la revelación plena de Dios. Y, sin embargo, esa revelación no se manifiesta solo en signos poderosos, sino también en la vulnerabilidad. Jesús llora porque ama. Llora porque la muerte hiere la creación de Dios. Llora porque la amistad es real y la pérdida duele. Su humanidad no contradice su identidad divina; la revela.
Para nuestra fe, esto es decisivo: no creemos en un Dios frío ni impasible, sino en un Dios que comparte nuestras lágrimas. La encarnación significa precisamente eso: Dios no explica el sufrimiento desde fuera; lo atraviesa con nosotros.
Antes del milagro, la solidaridad
Es significativo que las lágrimas precedan al milagro. Jesús no corre a borrar el dolor de inmediato. Se detiene, escucha, comparte el duelo. La esperanza cristiana no niega el sufrimiento ni lo maquilla con respuestas rápidas. Lo reconoce, lo honra y lo acompaña.
Solo después, ante la tumba, Jesús pronuncia la palabra que rompe el poder de la muerte: “¡Lázaro, sal fuera!”. El que ha llorado es el mismo que llama a la vida. Aquí se entrelazan dos dimensiones inseparables: compasión y poder, humanidad y esperanza. El que se conmueve ante nuestra pérdida es también el que tiene autoridad para abrir caminos donde parece haber solo final.
Una esperanza que nace de las lágrimas
En nuestro presente, marcado por duelos personales y colectivos, esta escena nos invita a redescubrir el rostro de Cristo. ¿Qué imagen de Dios habita en nuestro corazón? ¿Un juez distante o un amigo que llora con nosotros? La fe cristiana no elimina mágicamente la muerte ni el dolor, pero afirma que no tienen la última palabra. Las lágrimas de Jesús nos dicen que nuestro sufrimiento importa. El grito que llama a Lázaro nos dice que la vida es más fuerte que la muerte.
Una palabra para nuestra comunidad
Para la Església Protestant Sant Pau, este texto es una invitación a vivir una fe profundamente humana. Una comunidad que cree en la resurrección no es una comunidad que niega el llanto, sino una que acompaña, que abraza, que se deja conmover.
Porque el que llora con nosotros es también el que nos llama por nuestro nombre. Y en medio de nuestras tumbas —personales, familiares o sociales— sigue resonando una voz que invita a salir, a vivir, a confiar. “Jesús lloró” no es un detalle secundario. Es el corazón del Evangelio: un Dios que se acerca a nuestras lágrimas y, desde ellas, abre el horizonte de la esperanza.
Este artículo está basado en la predicación del 22 de febrero de 2026 en la Església Protestant Sant Pau


