Entonces Jesús le dijo: Si no viereis señales y milagros no creeréis. El del rey le dijo: Señor, desciende antes que mi hijo muera. Dijo Jesús: Ve, tu hijo vive. Y el hombre creyó á la palabra que Jesús le dijo, y se fue
Juan 4: 48-50
En el corazón del Evangelio de Juan encontramos un pasaje breve pero teológicamente intenso: la sanación del hijo del funcionario del rey, narrada en Juan 4,46-54. Este episodio cierra el llamado “ciclo de Caná a Caná”, una estructura narrativa que comienza con las bodas en Caná de Galilea (Juan 2) y culmina con este signo de vida restaurada. Juntas, estas escenas nos ayudan a ver cómo Jesús revela el corazón de su misión: llevar vida allá donde el mundo solo espera signos o rituales.
La geografía como teología
Juan no escribe como un simple cronista de los hechos. Para él, el recorrido de Jesús por el espacio tiene un significado profundo. El caminar desde Galilea hacia fuera —incluso hasta territorios más distantes— simboliza la amplitud del don de Dios. La salvación, proclamada primero a la casa de Israel, no se detiene allí: alcanza también a los que están “afuera”, a los que representan otras comunidades, otras identidades, otras historias.
El funcionario real, hombre de prestigio en su contexto, representa al mundo de afuera que se acerca a Jesús con necesidad y esperanza. No es un judío sencillo de la región, ni un discípulo desde siempre; es alguien con poder social y, sin embargo, profundamente vulnerable ante la enfermedad de su hijo. Juan quiere que comprendamos esto: la vida plena que Jesús ofrece es para todos, y la geografía del relato es tejida con hilos teológicos.
Del signo a la fe
El funcionario pide a Jesús: “baja antes de que mi hijo muera”. Su urgencia es humana, legítima: un padre que ama a su hijo. Pero Jesús le responde con una palabra sorprendentemente corta: “Ve, tu hijo vive”. Nada de acompañarlo físicamente hasta su casa, ni realizar gestos externos impresionantes. Solo una palabra.
Este elemento es clave para entender la teología de Juan: la Palabra de Jesús es eficaz. No depende de evidencias visibles, no se agota en signos, porque en Jesús mismo la palabra se hace vida. A través de ella, el funcionario comenzará un recorrido de fe que no se detiene en lo que ve, sino que confía en lo que Jesús le ha dicho.
Del deseo de señales a la confianza en la palabra
Es fácil quedar atrapados en las señales. Los milagros atraen, sorprenden, fascinan. Pero Juan no quiere que nos quedemos ahí. En el relato de Caná y de este funcionario, la señal es un medio, no un fin. El verdadero llamado de Jesús es a una fe que se funda en la confianza, una fe que nace del encuentro con su palabra y que transforma la relación entre Dios y la vida humana.
No toda curación conduce a la fe. Hay quienes presencian milagros y se quedan en la superficialidad de lo extraordinario, sin cruzar el umbral hacia la confianza en el Señor. Pero aquí, en este funcionario, algo cambia. Su fe se despliega desde dentro: cree en la Palabra que ha escuchado, y no solo cree por lo que ha visto.
Fe que transforma
Juan enfatiza que la fe no es una idea abstracta, ni un sentimiento efímero. La fe genera vida y transforma relaciones. La fe del funcionario no se limita a pedir un signo extraordinario —algo que podría mantenerlo en un nivel de simple expectativa—; su fe madura cuando acepta la palabra de Jesús y se pone en camino de regreso a su casa.
El resultado es revelador: al retornar, descubre que su hijo ya está vivo. Y no solo eso: toda su casa celebra la vida recuperada.
Este detalle —la mención de “toda su casa”— no es accidental. Juan quiere que entendamos que la fe madura tiene un impacto comunitario. La vida que brota de la confianza en Jesús no queda aislada, sino que se contagia. La sanación del hijo no es una anécdota privada, sino una semilla que florece en relaciones, en familias, en comunidades.
Una palabra para hoy
Para la comunidad de la Església Protestant Sant Pau, este texto nos vuelve a poner frente a preguntas que atraviesan nuestra vida cristiana: ¿qué lugar ocupan en nosotros los signos y las experiencias extraordinarias? ¿Buscamos a Jesús por lo que puede hacer por nosotros, o por quién es Él mismo? ¿Cómo dejamos que su palabra transforme nuestros vínculos y nuestras comunidades?
Juan nos recuerda que la fe no es un saber teórico ni una expectativa de milagros sensacionales. La fe cristiana es confianza en la Palabra de vida, seguimiento de quien llama a la vida plena, y disposición a vivir esa vida con otros.
Como el funcionario que creyó la palabra de Jesús antes de ver el signo, también nosotros estamos invitados a recibir la Palabra, a dejar que transforme nuestras rutas, nuestras relaciones y nuestra esperanza. Porque la vida abundante que Jesús ofrece no se agota en un momento; se despliega allá donde la palabra es acogida y vivida.
Este artículo está basado en la predicación del 08 de febrero de 2026 en la Església Protestant Sant Pau


