Pon tu dedo aquí y mira mis manos. Acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino hombre de fe.
Juan 20: 27-28
—¡Señor mío y Dios mío! —exclamó Tomás.
Tomás, creer tocando las heridas. Una fe para nuestro tiempo (Juan 20: 19-31)
Una comunidad que vive la nueva creación
El capítulo 20 del Evangelio de Juan nos sitúa en el Domingo de Pascua, el día de la resurrección. En este relato, todo sucede en un mismo día: Jesús se aparece, ofrece la paz, muestra sus heridas, envía a los discípulos y sopla su Espíritu.
No es un detalle cronológico, es una afirmación teológica: con la resurrección comienza una nueva creación. Como en el Génesis, donde la luz nace en el primer día, ahora Dios vuelve a crear. Por eso el domingo es también el “octavo día”: el inicio de algo radicalmente nuevo. Como comunidad, esto nos interpela: no estamos solo recordando el pasado, estamos siendo invitados a vivir hoy esa nueva realidad. Ser iglesia es participar en lo que Dios ya está haciendo: dar vida, abrir caminos, reconciliar.
Una comunidad que se hace luz
Si vivimos desde la resurrección, la pregunta es inevitable:
¿Dónde hay oscuridad… y cómo podemos ser luz? Estamos llamados a estar en medio del mundo —no fuera de él— como: artesanos de paz, puentes entre personas, testigos de una justicia que restaura.
No esperamos a que el mundo cambie: participamos en ese cambio.
El miedo que todos conocemos
Pedro no es un villano en el Evangelio. Es, en muchos sentidos, el discípulo más cercano a nuestra experiencia. Quiere seguir a Jesús, pero también quiere protegerse. Ama a su maestro, pero teme las consecuencias de identificarse con él en un momento de peligro.
El relato revela algo profundamente humano: el miedo puede empujarnos a ocultar lo que creemos, a negar aquello que en otros momentos afirmamos con convicción.
En ese patio, iluminado por el fuego de los guardias, Pedro representa la tensión que todos conocemos entre la fidelidad y la autoprotección.
La verdad que no se esconde
En contraste, Jesús no se oculta. Su respuesta al interrogatorio refleja una vida vivida a la luz. No hay doble discurso ni cálculo estratégico. Su autoridad nace precisamente de esa coherencia entre palabra y vida.
El Evangelio de Juan subraya así un tema central: la verdad no es solo una idea, sino una forma de vivir. Jesús encarna una verdad que no depende del reconocimiento de los poderosos ni de la seguridad personal.
Su camino no está guiado por el miedo, sino por la fidelidad a la misión recibida.
Seguir a Jesús en un mundo inseguro
Este pasaje resuena con fuerza en nuestro presente. Vivimos en un mundo marcado por la incertidumbre, la violencia y las dinámicas de poder. En muchos contextos, confesar la fe, defender la dignidad humana o apostar por el Evangelio puede resultar incómodo o arriesgado.
El relato nos plantea una pregunta directa: ¿cómo respondemos nosotros al miedo?
Podemos esconder nuestra identidad, adaptarnos al entorno para evitar conflictos, o podemos intentar vivir con la transparencia del Evangelio, aun sabiendo que la vulnerabilidad forma parte del camino.
Una comunidad de testigos
Para la comunidad de la Església Protestant Sant Pau, este texto es también una llamada colectiva. La iglesia no está llamada a ser una comunidad perfecta, libre de miedo. Está llamada a ser una comunidad que aprende a vivir desde la verdad.
Pedro niega, pero su historia no termina ahí. El Evangelio seguirá narrando su restauración y su envío. La gracia de Dios no elimina nuestra fragilidad; la transforma en lugar de aprendizaje y misión.
Así, el contraste entre Jesús y Pedro no busca humillar al discípulo, sino revelar el camino del Evangelio: un camino de verdad, de integridad y de esperanza.
El coraje del Evangelio
Seguir a Jesús no significa no tener miedo. Significa aprender a no dejar que el miedo tenga la última palabra.
El Evangelio nos invita a reconocer nuestras negaciones, pero también a escuchar la llamada de Cristo a vivir desde la verdad. A ser testigos que, aun en medio de la vulnerabilidad, no renuncian a la luz recibida.
Porque allí donde la verdad se vive con humildad y coraje, el Evangelio sigue abriendo caminos de vida.
Este artículo está basado en la predicación del 15 de marzo de 2026 en la Església Protestant Sant Pau, si quieres puedes visitar nuestro culto
Una comunidad que no esconde las heridas
Jesús resucitado muestra sus heridas. No las borra. No se presenta como alguien ajeno al sufrimiento. Sus llagas son memoria de la violencia… pero también fuente de vida. El Evangelio de Juan nos revela así a un Dios que no está del lado del poder que hiere, sino del lado de quienes son heridos.
Para nuestra comunidad, esto es de inspiración: No somos una iglesia de personas perfectas. No somos un espacio que oculta el dolor.
Somos llamados a ser: un lugar seguro para las heridas, una comunidad que escucha sin juzgar, una iglesia que se posiciona frente a la injusticia.
Porque allí donde hay dolor, Dios ya está obrando vida.
Una comunidad donde la duda tiene lugar
La figura de Tomás nos ofrece otra clave. No es simplemente “el incrédulo”. Es el discípulo que busca una fe auténtica. Quiere ver, tocar, comprender. Y cuando finalmente reconoce a Jesús, hace la confesión más profunda del Evangelio:
“Señor mío y Dios mío”.
En el Evangelio de Juan, la fe no nace de la imposición, sino del encuentro. Por eso, queremos ser una iglesia donde: la duda no se reprime, las preguntas no se temen, los procesos son acompañados.
Una comunidad donde quien cree y quien busca pueden sentarse en la misma mesa.
Vivir la Pascua hoy
Para la Església Protestant Sant Pau, esta palabra es una invitación clara: a vivir como comunidad de la nueva creación, a acoger las heridas y transformarlas en vida, a caminar con una fe honesta y compartida.
Porque la resurrección no es solo un acontecimiento del pasado. Es una realidad presente.
Dios sigue creando.
Sigue soplando vida.
Sigue enviándonos.
Este artículo está basado en la predicación del 12 de abril de 2026 en la Església Protestant Sant Pau, si quieres puedes visitar nuestro culto


