Decir sí. ¿Y después? La parábola de los dos hijos

«“No quiero”, contestó, pero después se arrepintió y fue.»

Mateo 21:29, NVI

Decir que sí puede ser sencillo. Podemos encontrar las palabras adecuadas, mostrar buena disposición e incluso aprender a responder exactamente como se espera de nosotros. Pero después llega la vida cotidiana, y con ella una pregunta mucho más profunda: ¿qué hacemos con nuestro «sí»?

En Mateo 21:23–32, Jesús se encuentra en Jerusalén en un ambiente marcado por la tensión. Ha entrado en la ciudad, ha actuado en el templo y vuelve a enseñar. Entonces se acercan los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle con qué autoridad hace aquellas cosas y quién le ha dado esa autoridad.

La pregunta parece centrarse en títulos, permisos y legitimidad. Sin embargo, Jesús transforma aquella confrontación en un espejo. Primero responde con una pregunta sobre Juan el Bautista y después cuenta una historia extraordinariamente sencilla: un padre pide a sus dos hijos que vayan a trabajar a la viña. Uno dice que no y finalmente va. El otro responde correctamente: «Sí, señor», pero termina sin ir.

La parábola desplaza así la atención desde lo que decimos hacia lo que hacemos, desde la apariencia hacia el corazón y desde nuestro punto de partida hacia la posibilidad de cambiar. Porque una primera respuesta no tiene por qué ser nuestra última respuesta.

Una pregunta sobre la autoridad

La escena comienza con una confrontación. Las autoridades religiosas quieren saber con qué autoridad actúa Jesús. Para aquellos dirigentes, la autoridad estaba vinculada al linaje, a la formación religiosa y al reconocimiento de las instituciones correspondientes. Jesús, un maestro galileo que actúa con una libertad que escapa a esos mecanismos, les resulta incómodo.

La pregunta funciona además como una trampa. Si Jesús atribuye su autoridad únicamente a sí mismo, pueden desacreditarlo. Si afirma que procede de Dios, pueden utilizar esa declaración contra él.

Jesús responde preguntándoles por el bautismo de Juan: ¿procedía de Dios o de los seres humanos?

De repente son ellos quienes tienen que posicionarse. Si reconocen que Juan venía de Dios, tendrán que explicar por qué no creyeron. Si lo niegan, temen la reacción de la multitud que reconocía a Juan como profeta. Su respuesta es prudente y calculada: «No lo sabemos».

La cuestión de la autoridad comienza así a revelar algo más profundo. Aquellos dirigentes están preocupados por conservar el control y proteger su reputación. La pregunta ya no consiste solamente en saber cuál es la respuesta correcta, sino en descubrir qué hacemos cuando la verdad que tenemos delante nos obliga a reconsiderar nuestra posición.

La parábola que revela el corazón

Jesús cuenta entonces la historia de un padre que pide exactamente lo mismo a sus dos hijos: que vayan a trabajar a la viña.

El primero responde abiertamente que no quiere ir. Su reacción inicial es rebelde. Sin embargo, más tarde reflexiona, cambia de actitud y acaba yendo.

El segundo responde con una educación impecable: «Sí, señor». Las palabras son correctas, la actitud parece respetuosa y la disposición parece completa. Pero finalmente no va.

Jesús pregunta cuál de los dos hizo lo que quería el padre. La respuesta resulta inevitable: el primero.

La diferencia entre los dos hijos no está en quién pronunció la respuesta más bonita. Está en lo que sucedió después. Uno pudo revisar su primera reacción y cambiar de rumbo; el otro permitió que su sí se quedara únicamente en palabras.

La parábola comienza entonces a parecernos incómodamente cercana. Porque también nosotros podemos decir: «Sí, claro. Cuenta conmigo. Estoy aquí para lo que haga falta». Y después descubrir una distancia entre nuestras palabras y nuestra manera real de vivir.

El síndrome del segundo hijo

Podríamos llamarlo el «síndrome del segundo hijo».

Es posible aprender el lenguaje de la fe. Aprendemos determinadas formas, sabemos cuándo decir amén, conocemos las canciones y podemos desenvolvernos perfectamente dentro de los códigos de una comunidad cristiana. Todo ello puede formar parte de nuestra vida de fe, pero la parábola pregunta por algo que va todavía más adentro.

Podemos estar físicamente en la iglesia y, sin embargo, descubrir que nuestro corazón está ausente. Podemos ocupar nuestro lugar, participar, pronunciar las palabras conocidas y, aun así, necesitar volver a situarnos por dentro.

Entonces aparecen preguntas que también forman parte del camino de la fe: ¿dónde estoy?, ¿qué estoy diciendo?, ¿qué estoy haciendo?

Dios no busca burócratas de la religión. Busca personas reales. Hijos e hijas que a veces son rebeldes, que a veces dicen «no quiero», que a veces no tienen ganas, pero que pueden pensar de nuevo, darse cuenta, cambiar y terminar haciendo aquello que es bueno.

La rebeldía inicial del primer hijo no lo define para siempre. Y el sí correcto del segundo tampoco garantiza por sí solo una vida coherente. La parábola nos invita a mirar más allá de las primeras respuestas.

La fe no consiste en construir una apariencia de perfección. Está llamada a hacerse vida: disposición, amor, perdón, misericordia y atención hacia el prójimo.

La valentía de cambiar de rumbo

Después de la parábola, Jesús pronuncia unas palabras especialmente provocadoras para quienes lo escuchaban: los recaudadores de impuestos y las prostitutas van por delante de los dirigentes religiosos en el reino de Dios.

En aquel contexto eran personas profundamente despreciadas y estigmatizadas. Frente a ellas estaban quienes se consideraban guardianes de la ley y de la voluntad de Dios.

La diferencia fundamental no consiste en establecer quién ha pecado más o menos. La cuestión está en la capacidad de reconocer nuestra propia necesidad de Dios, de misericordia y de perdón.

Nadie es perfecto. Nadie posee toda la verdad. Todas las personas llegamos con una historia concreta, un contexto, decisiones acertadas y equivocadas, heridas, aprendizajes y contradicciones.

Los recaudadores de impuestos y las prostitutas escucharon la llamada de Juan y cambiaron de rumbo. En la imagen de la parábola son como el primer hijo: comenzaron de una determinada manera, pero su historia no terminó allí.

Los dirigentes religiosos, en cambio, estaban protegidos por su reputación y convencidos de su propia justicia. Su dificultad consistía precisamente en reconocer que ellos también necesitaban gracia.

Por eso el arrepentimiento aparece aquí como la posibilidad de reconocer dónde estamos, revisar nuestro camino y orientarlo nuevamente hacia Dios.

Un canto de esperanza para quienes se sienten lejos

El pasaje se convierte entonces en un canto de esperanza para quienes se sienten lejos, para quienes han sido marginados y para quienes pueden creer que su historia ya ha determinado definitivamente su futuro.

Muchas veces el pasado pesa. Podemos quedar atrapados en aquello que hicimos, en aquello que nos ocurrió o en la imagen que otras personas construyeron de nosotros. También podemos hacer eso con los demás: reducir a alguien para siempre a un error, una etapa difícil o una decisión de su pasado.

El Evangelio abre otra posibilidad.

Con Dios siempre se puede volver a empezar.

El pasado puede formar parte de nuestra historia sin convertirse en una condena. Lo importante no es únicamente cómo comenzó nuestro camino, sino aquello que permitimos que la gracia vaya haciendo en nosotros y la dirección que finalmente tomamos.

La misericordia de Dios alcanza a personas reales, con fragilidades, errores, contradicciones y heridas. No tenemos que presentarnos ante Dios como personas que ya lo tienen todo resuelto. Podemos reconocer lo que somos y descubrir que seguimos siendo llamados, perdonados y acompañados.

La gracia de Dios puede transformar incluso aquellas vidas que otras personas consideran irrecuperables. Y al mismo tiempo nos invita a abandonar la autosuficiencia que nos hace pensar que ya somos justos, que ya sabemos todo o que no necesitamos misericordia.

Una comunidad que aprende a mirar de otra manera

Esta reflexión alcanza también a la vida de las iglesias. Una comunidad cristiana puede conocer perfectamente sus costumbres, su lenguaje y sus celebraciones y, al mismo tiempo, seguir aprendiendo cada día a convertir la acogida en una realidad.

Estar al lado de las personas, comprender, aceptar y respetar forma parte de esa manera de vivir el Evangelio. Cada persona llega desde una historia distinta y merece ser mirada con dignidad, sin quedar reducida a su situación, sus errores o su pasado.

La misericordia que recibimos de Dios transforma también nuestra manera de mirar. Si Dios nos permite recomenzar, también nosotros estamos llamados a dejar abierta esa posibilidad para los demás.

La parábola nos invita a mirar más allá de las primeras impresiones. A recordar que una persona es siempre más que aquello que hizo. A acercarnos antes de juzgar. A escuchar antes de etiquetar. A dejar espacio para que la historia de alguien pueda continuar de otra manera.

En la Església Protestant Sant Pau queremos vivir la fe como un camino compartido, donde personas diferentes puedan acercarse a Jesús, crecer y encontrar una comunidad que acompañe.

Esa vida comunitaria encuentra uno de sus espacios principales cuando nos reunimos para escuchar la Palabra, orar y compartir juntos. Puedes conocer mejor cómo vivimos nuestro culto semanal.

Una invitación para hoy

Tal vez esta parábola pueda acompañarnos durante la semana con una pregunta sencilla: ¿qué hacemos con nuestro «sí»?

A veces somos como el primer hijo. Nuestra primera respuesta puede ser «no». Puede haber resistencia, cansancio, rebeldía o simplemente pocas ganas. Pero esa primera reacción no tiene por qué decidirlo todo. Podemos pensar de nuevo, reconsiderar nuestro camino y cambiar de dirección.

Otras veces nos parecemos más al segundo hijo. Decimos «sí», conocemos las palabras, participamos y estamos presentes. Y, sin embargo, podemos descubrir que en lo profundo estamos lejos, que nuestro corazón no está realmente allí o que nuestras acciones no acompañan aquello que decimos.

También ahí puede comenzar algo nuevo.

La misericordia de Dios nos permite mirarnos con sinceridad sin quedar encerrados en nuestras contradicciones. Podemos reconocer nuestras debilidades, nuestra rebeldía, nuestros errores y nuestros «sí» incompletos, y volver a abrazar la gracia de Dios en Jesucristo.

Con Dios siempre se puede volver a empezar.

Y esa misericordia recibida transforma también nuestra manera de mirar a los demás. Nos invita a acoger, a dejar espacio para que las personas cambien, a evitar encerrarlas en sus errores o en su pasado y a acercarnos a su interior antes de juzgarlas.

Podemos aprender a mirar más allá de las rebeldías, de las respuestas precipitadas y de aquello que una persona fue en otro momento. Cuando nos acercamos así, con misericordia y respeto, quizá descubramos mucho más de lo que esperábamos.

Decir «sí» puede ser solamente el comienzo. Después viene el camino. La viña. Las decisiones concretas. Y la oportunidad, una y otra vez, de permitir que nuestro sí se convierta en vida.

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Església Protestant Sant Pau, una iglesia cristiana evangélica donde la fe se vive como gracia compartida, acompañamiento y esperanza. Una fe que acoge.

Este artículo está basado en la predicación del pastor Joan Medrano, del 27 de septiembre de 2026 en la Església Protestant Sant Pau.

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