Jesus y la samaritana. Una historia de amor improbable

El agua viva a plena luz del día: Jesús y la mujer samaritana (Juan 4)

El cuarto capítulo del Evangelio de Juan nos regala uno de los encuentros más densos y provocadores del ministerio de Jesús: su diálogo con la mujer samaritana junto al pozo. Si en el capítulo anterior Jesús conversa de noche con Nicodemo, ahora lo hace a plena luz del día con una mujer anónima, extranjera y socialmente vulnerable. El contraste no es casual. Juan construye una catequesis narrativa sobre quién comprende —y quién no— la novedad del Reino.

Del diálogo nocturno al mediodía abrasador

Nicodemo, maestro de Israel, busca a Jesús en la oscuridad. Representa el saber religioso, la ortodoxia, la seguridad de quien conoce la Ley. Sin embargo, le cuesta entender qué significa “nacer de nuevo”, dejarse alumbrar por el Espíritu.

En cambio, en Juan 4, Jesús se sienta cansado junto al pozo de Jacob, al mediodía. El calor es intenso. La hora no es habitual para ir a buscar agua. La mujer samaritana aparece sola. No hay prestigio ni reconocimiento social en ella. Y, sin embargo, será precisamente con ella con quien Jesús tendrá una de las revelaciones más explícitas sobre su identidad.

El evangelista nos invita a mirar más allá de las apariencias: la fe no nace del estatus religioso, sino del encuentro vivo con Cristo.

Un pozo cargado de memoria

El escenario no es neutro. El pozo de Jacob evoca la historia de Israel, las alianzas, los encuentros nupciales del Antiguo Testamento. En la tradición bíblica, el pozo es lugar de promesa y de vida. Allí se tejen historias decisivas.

Jesús, judío, pide de beber a una mujer samaritana. El gesto ya es escandaloso. Judíos y samaritanos arrastraban siglos de desconfianza y ruptura. Además, un maestro no solía entablar conversación pública con una mujer desconocida. Jesús rompe tres barreras al mismo tiempo: religiosa, cultural y de género. El Reino de Dios no se construye reforzando muros, sino atravesándolos.

La sed más profunda

“Dame de beber”. Jesús comienza pidiendo. Se muestra vulnerable. Pero pronto la conversación se desplaza hacia otra sed: la del corazón humano.

El agua del pozo calma la sed por un momento. El agua viva que Jesús ofrece sacia de manera definitiva. No se trata de magia ni de evasión espiritual, sino de una vida nueva que brota desde dentro, una relación transformadora con Dios.

La mujer habla de cubos y profundidades físicas; Jesús habla de una fuente interior que salta hasta la vida eterna. Como en el diálogo con Nicodemo, hay malentendidos. Pero esos malentendidos son pedagógicos: nos muestran lo difícil que es pasar de lo literal a lo espiritual, de lo superficial a lo esencial.

Más allá de la moralización

A menudo se ha leído este texto desde una clave moralizante, centrada en la vida afectiva de la mujer. Sin embargo, el acento del relato no está en juzgarla, sino en revelarle algo decisivo: Dios la conoce plenamente y, aun así, la busca.

Jesús no la humilla. No la expone. La conduce, con delicadeza, hacia la verdad. La verdad no como condena, sino como espacio de libertad. Ser conocidos por Dios no es quedar atrapados en nuestro pasado, sino ser invitados a una vida nueva.

Adorar en espíritu y en verdad

La conversación gira hacia el lugar legítimo de la adoración: ¿en Jerusalén o en el monte Garizim? La respuesta de Jesús desborda la disputa. Llega la hora —y ya está aquí— en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad.

La adoración deja de estar ligada a un espacio geográfico concreto. No depende de templos, fronteras ni identidades excluyentes. Es una relación viva con Dios, animada por el Espíritu y fundada en la verdad revelada en Cristo.

Para la comunidad cristiana de hoy, esta palabra sigue siendo interpeladora. ¿Dónde ponemos nuestras seguridades religiosas? ¿En estructuras y tradiciones —valiosas, sin duda— o en la experiencia viva del Dios que se nos da?

“Yo soy”: la revelación del Mesías

En el corazón del relato, Jesús pronuncia una afirmación decisiva: “Yo soy, el que habla contigo”. Es una de las grandes autodeclaraciones cristológicas del Evangelio de Juan.

Lo sorprendente es el destinatario de esta revelación. No es un líder religioso, ni un discípulo del círculo íntimo, sino una mujer samaritana. Juan nos muestra así que la revelación no sigue los criterios de poder o prestigio humano. Dios se comunica allí donde encuentra apertura y deseo.

De marginada a misionera

El final del relato es luminoso. La mujer deja su cántaro y corre al pueblo. Ese detalle es profundamente simbólico: lo que había venido a buscar ya no es lo más importante. Ha encontrado algo mayor.

Se convierte en testigo. Anuncia a sus vecinos: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho”. No proclama una doctrina abstracta, sino una experiencia personal. Su palabra suscita movimiento, curiosidad, encuentro.

Muchos samaritanos creen por el testimonio de ella y, después, por la palabra directa de Jesús. Así, quien parecía estar en los márgenes se transforma en primera evangelizadora de su comunidad.

Una palabra para hoy

Este relato nos invita a revisar nuestras fronteras, nuestras categorías y nuestros prejuicios. Jesús sigue sentándose junto a los pozos de nuestra historia cotidiana. Sigue pidiendo de beber. Sigue ofreciendo agua viva.

Para la comunidad de la Església Protestant Sant Pau, este texto es una llamada a vivir una fe inclusiva, no moralizante, arraigada en el encuentro personal con Cristo. Una fe que no teme el diálogo, que cruza barreras culturales y sociales, y que confía en que el Espíritu puede brotar allí donde menos lo esperamos.

Como la mujer samaritana, también nosotros y nosotras estamos invitados a dejar el cántaro —nuestras seguridades, nuestras rutinas— y convertirnos en testigos de la vida abundante que Jesús ofrece a todos y todas.

Este artículo está basado en la predicación del 02 de febrero de 2026 en la Església Protestant Sant Pau

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