Abraham: un llamado y una promesa que pasan por nosotros

«Haré de ti una nación grande y te bendeciré; haré famoso tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan; ¡por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra!»

Génesis 12:2–3, NVI

Hay momentos en los que la vida nos pone en camino sin entregarnos antes un mapa. Dejamos atrás lugares, seguridades, maneras de pensar o etapas que conocíamos bien, mientras aquello que tenemos delante todavía no está del todo claro. Caminamos, cambiamos, buscamos, aprendemos. Y muchas veces solo podemos descubrir hacia dónde vamos mientras avanzamos.

La historia de Abraham comienza precisamente así. En Génesis 12:1–9, Dios llama a Abraham a dejar su tierra, su parentela y la casa de su padre para dirigirse hacia una tierra que todavía desconoce. Hay una llamada y hay una promesa, pero el camino deberá descubrirse paso a paso.

Es una historia conocida, especialmente para quienes llevan años escuchando la Biblia. Abraham ha llegado hasta nosotros como «padre de la fe». Pero precisamente por conocer tanto su historia podemos correr el riesgo de acercarnos a ella sabiendo de antemano lo que esperamos encontrar.

La predicación del pastor Ismael Gramaje propone volver a mirar a Abraham desde otra perspectiva. La Biblia no nos presenta a un héroe perfecto ni a una familia idealizada. Encontramos personas profundamente humanas, con luces y sombras, decisiones acertadas y equivocadas, relaciones complejas y situaciones dolorosas. Y es precisamente en medio de esa humanidad donde comienza una historia de llamada, camino y bendición que también llega hasta nosotros.

Por eso la pregunta de este relato puede ser también nuestra pregunta: ¿hacia dónde vas caminando tú?

Dios llama a personas reales

Abraham recibe una llamada extraordinaria, pero su vida está lejos de responder a la imagen de un personaje perfecto. Tampoco su familia encaja fácilmente en una representación ideal de la vida familiar.

A su alrededor encontramos a Sarai, Lot, Agar, Ismael, Isaac y otras personas que irán formando parte de una historia atravesada por vínculos complejos, vulnerabilidades y contradicciones. La importancia de Abraham dentro de la tradición bíblica no borra esas sombras.

Esta mirada resulta especialmente significativa porque nos permite reconocer algo fundamental: Dios comienza a actuar a través de personas y familias profundamente humanas. La llamada no llega después de que Abraham haya resuelto todos los aspectos de su existencia. Dios lo encuentra dentro de su realidad y desde allí lo pone en camino.

También nosotros llevamos nuestras propias «mochilas». Tenemos historias, preguntas, relaciones, heridas, decisiones y contradicciones. La llamada de Dios no pertenece únicamente a quienes parecen haber alcanzado un modelo ideal de vida. Puede encontrarnos precisamente mientras seguimos aprendiendo a caminar.

Caminar sin tener el mapa

Uno de los detalles más sugerentes del relato es que Abraham recibe una dirección, pero no un itinerario completo. Sale hacia una tierra que Dios le mostrará. Tendrá que descubrir el camino mientras camina.

La imagen resulta cercana en un mundo donde muchas de nuestras brújulas parecen desconfigurarse. Podemos hacer planes, construir seguridades y pensar que conocemos el recorrido, pero la vida introduce cambios que nos obligan a volver a orientarnos.

La experiencia de Abraham permite entonces pensar la fe desde el camino. Seguir a Dios no exige tener previamente todas las respuestas. Hay llamadas y promesas que solo empiezan a comprenderse mientras avanzamos.

Esto tiene una dimensión personal y también comunitaria. Dios sigue hablando a nuestras existencias concretas, pero también puede llamar a una comunidad a moverse, discernir y descubrir nuevos caminos. La fe no siempre nos instala en lugares conocidos; también puede abrir procesos de cambio.

Todos conocemos alguna forma de desplazamiento

La salida de Abraham puede recordarnos una experiencia profundamente humana: dejar algo conocido para dirigirse hacia un lugar nuevo esperando encontrar otras posibilidades de vida.

La predicación señala con cuidado que la experiencia de Abraham no puede identificarse sin más con las migraciones contemporáneas. Las circunstancias históricas y geopolíticas son diferentes. Sin embargo, existe un punto de encuentro: la experiencia de abandonar referencias conocidas y afrontar la incertidumbre de un nuevo comienzo.

Muchas personas conocen ese camino físicamente. Han dejado una casa, una ciudad, un país, una lengua, unas costumbres o una familia. Es una experiencia que también forma parte de la realidad de nuestra propia comunidad.

Pero existen otros desplazamientos. Podemos atravesar cambios culturales, espirituales, mentales e intelectuales. A veces necesitamos revisar maneras de comprender la vida o la fe; otras veces buscamos una comunidad donde poder continuar nuestro camino espiritual. Cada etapa puede colocarnos nuevamente ante algo que todavía desconocemos.

Por eso Abraham resulta significativo precisamente cuando lo encontramos caminando. El «padre de la fe» aparece en movimiento, dejando atrás unas referencias y entrando en un proceso cuyo resultado todavía no puede contemplar.

Quizá esa sea también una manera de comprender nuestra propia experiencia cristiana: como personas que continúan en camino, abiertas a aquello que Dios todavía puede mostrarnos.

Nadie camina solo

Pero Abraham no emprende ese recorrido en solitario. Con él viajan Sarai, Lot y toda una estructura familiar y doméstica que hace posible el viaje.

Este detalle invita a desplazar por un momento la mirada del gran protagonista para prestar atención a quienes aparecen alrededor. ¿Qué significó aquel camino para Sarai? Ella también dejó su tierra, sus seguridades y el mundo que conocía. Además, lo hizo desde una situación de especial vulnerabilidad dentro de la sociedad de su tiempo.

Más adelante aparecerá Agar, mujer y esclava, cuya historia ocupará también un lugar importante en el relato de Abraham.

Prestar atención a estas figuras permite realizar una lectura más amplia y también más crítica. Reconocer a Abraham como figura de fe no convierte automáticamente todos los aspectos de su cultura y de su organización social en modelos para nuestro presente. El patriarcado, la esclavitud y las desigualdades que aparecen en estos relatos forman parte también de sus tensiones.

La Biblia nos permite mirar a sus personajes con sus luces y sus sombras. Podemos reconocer la fe de Abraham y, al mismo tiempo, escuchar las historias de quienes tradicionalmente quedaron en segundo plano.

Esta perspectiva nos recuerda además que nuestros propios caminos tampoco se recorren en aislamiento. Caminamos acompañados por familias, amistades, hermanas y hermanos en la fe, y por personas que comparten inquietudes y búsquedas espirituales. La llamada puede ser personal, pero el camino tiene una profunda dimensión comunitaria.

Bendecidos para bendecir

Junto a la llamada aparece una promesa que constituye el segundo gran movimiento de este relato: Abraham recibe una bendición que está destinada a alcanzar a otras personas.

Abraham es bendecido para bendecir.

La bendición, por tanto, no funciona como un privilegio que permita situarse por encima de los demás. Se convierte en responsabilidad, apertura y misión. Lo recibido de Dios está llamado a producir bien más allá de nosotros mismos.

Esta idea cuestiona cualquier manera de vivir la fe desde la superioridad o la prepotencia. La misión cristiana encuentra aquí una orientación muy diferente: estamos llamados a ayudar, acompañar, hacer el bien y dejar algo bueno en la vida de las personas que encontramos en nuestro camino.

Seguir a Jesús puede expresarse precisamente así: ser una presencia que bendice. Una presencia que reconoce la dignidad, construye, acompaña y comparte esperanza.

Esta forma de comprender la misión está también en el corazón de la vida de la Església Protestant Sant Pau y de la comunidad cristiana que queremos seguir construyendo: una fe que encuentra en el Evangelio una llamada a compartir la gracia recibida.

Una bendición sin fronteras

La promesa de Génesis amplía todavía más el horizonte: por medio de Abraham serán bendecidas «todas las familias de la tierra».

La palabra todas ocupa un lugar decisivo en la reflexión. La bendición alcanza a personas y familias reales, también a aquellas que no responden a determinados modelos ideales. La propia familia de Abraham, con toda su complejidad, forma parte de esa historia.

Esta amplitud permite mirar nuestra realidad desde la acogida. Las diferencias económicas, educativas, familiares o de género no establecen fronteras para el amor de Dios. Somos llamados a caminar con una mirada abierta hacia las personas que aparecen en nuestro recorrido.

La referencia a «todas las familias de la tierra» adquiere además una resonancia particular en el contexto del Tiempo de la Creación que acompañaba el culto de ese domingo. La bendición ensancha nuestra mirada hacia la tierra que habitamos y hacia el cuidado de la vida que compartimos.

La promesa recibida por Abraham, por tanto, nunca termina en Abraham. Se abre hacia otras personas, otras familias y hacia el mundo que compartimos.

Una comunidad también llamada a caminar

La predicación lleva finalmente la historia de Abraham hacia la iglesia. También una comunidad cristiana vive procesos, cambios e incertidumbres. Tampoco una iglesia necesita presentarse como una comunidad perfecta para responder a la llamada de Dios.

La gracia puede hacerse visible precisamente cuando reconocemos con humildad nuestra humanidad y descubrimos que Dios continúa obrando en medio de ella.

Para la Església Protestant Sant Pau, la llamada se concreta en el deseo de ser una comunidad abierta a todas las personas, donde la bendición recibida pueda convertirse en acogida, acompañamiento y bien compartido.

Una comunidad así continúa caminando. Escucha, aprende, discierne y se deja transformar. Y en ese recorrido procura que las personas que encuentra puedan experimentar algo de la bondad de Dios.

Si quieres seguir explorando reflexiones nacidas de nuestras predicaciones y otros contenidos para acompañar el camino de la fe, puedes visitar también Església Online.

Una invitación para hoy

Tal vez la historia de Abraham pueda dejarnos esta semana una pregunta sencilla: ¿hacia dónde vas caminando tú?

Puede que estemos comenzando una etapa, dejando atrás algo conocido, atravesando una transición o intentando comprender hacia dónde orientar nuestra vida. Puede que el camino sea físico, emocional, intelectual o espiritual. Y puede que todavía no tengamos un mapa completo.

La experiencia de Abraham nos invita a reconocer que también allí puede comenzar una historia con Dios. Podemos caminar sin tenerlo todo resuelto. Podemos aprender mientras avanzamos. Podemos reconocer a quienes caminan a nuestro lado y prestar atención a las personas que fácilmente quedan fuera del centro de nuestra mirada.

Y podemos preguntarnos algo más: ¿qué dejamos en la vida de quienes encontramos durante el camino?

La promesa recibida por Abraham convierte la bendición en movimiento. Somos bendecidos para bendecir, para hacer el bien, acompañar, construir y compartir esperanza. La llamada no termina en nosotros; pasa por nosotros y continúa hacia otras personas.

Quizá por eso la historia de Abraham sigue siendo tan actual. Seguimos siendo personas en camino. Y en medio de nuestros cambios, incertidumbres, luces y sombras, podemos continuar descubriendo una llamada y una promesa que también pasan por nosotros.

Si deseas compartir este camino con otras personas, conocer cómo celebramos la fe y acercarte a nuestra comunidad, te invitamos a Ven al culto.

Església Protestant Sant Pau, una iglesia cristiana evangélica donde la fe se vive como gracia compartida, acompañamiento y esperanza. Una fe que acoge.

Este artículo está basado en la predicación del pastor Ismael Gramaje, del 20 de septiembre de 2026 en la Església Protestant Sant Pau.

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