Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro).
Juan 20: 15-16
Del llanto al anuncio: María Magdalena y el Resucitado (Juan 20: 1-18)
En este Domingo de Resurrección, el Evangelio de Juan nos sitúa en una escena íntima y profundamente humana: María Magdalena llorando ante la tumba vacía (Juan 20).
No hay todavía proclamación triunfante. No hay certezas. Solo lágrimas, confusión y pérdida. Pero en ese mismo lugar —en medio del dolor— comienza a abrirse paso la vida.
Un camino que pasa por las lágrimas
María no llega a la fe de inmediato. Interpreta lo que ve desde su dolor: “se han llevado al Señor”. Incluso cuando aparecen signos —los ángeles, la tumba vacía— no logra comprender. El Evangelio nos muestra así un camino realista: la fe no nace de la evidencia inmediata, sino de un proceso. Un proceso que atraviesa la pérdida, la duda y la búsqueda.
Las lágrimas no son el final del camino. Son parte de él.
Un nombre que lo cambia todo
El giro ocurre en un momento sencillo y decisivo: Jesús pronuncia su nombre, “María”. No es un argumento. No es una explicación. Es una llamada personal.
En ese instante, María reconoce al Resucitado. Descubre que aquel a quien buscaba en la muerte está vivo. Y que la relación con él no se pierde, sino que se transforma. El Dios de la resurrección no es abstracto: es un Dios que llama, que conoce, que se acerca.
El miedo que todos conocemos
Pedro no es un villano en el Evangelio. Es, en muchos sentidos, el discípulo más cercano a nuestra experiencia. Quiere seguir a Jesús, pero también quiere protegerse. Ama a su maestro, pero teme las consecuencias de identificarse con él en un momento de peligro.
El relato revela algo profundamente humano: el miedo puede empujarnos a ocultar lo que creemos, a negar aquello que en otros momentos afirmamos con convicción.
En ese patio, iluminado por el fuego de los guardias, Pedro representa la tensión que todos conocemos entre la fidelidad y la autoprotección.
La verdad que no se esconde
En contraste, Jesús no se oculta. Su respuesta al interrogatorio refleja una vida vivida a la luz. No hay doble discurso ni cálculo estratégico. Su autoridad nace precisamente de esa coherencia entre palabra y vida.
El Evangelio de Juan subraya así un tema central: la verdad no es solo una idea, sino una forma de vivir. Jesús encarna una verdad que no depende del reconocimiento de los poderosos ni de la seguridad personal.
Su camino no está guiado por el miedo, sino por la fidelidad a la misión recibida.
Seguir a Jesús en un mundo inseguro
Este pasaje resuena con fuerza en nuestro presente. Vivimos en un mundo marcado por la incertidumbre, la violencia y las dinámicas de poder. En muchos contextos, confesar la fe, defender la dignidad humana o apostar por el Evangelio puede resultar incómodo o arriesgado.
El relato nos plantea una pregunta directa: ¿cómo respondemos nosotros al miedo?
Podemos esconder nuestra identidad, adaptarnos al entorno para evitar conflictos, o podemos intentar vivir con la transparencia del Evangelio, aun sabiendo que la vulnerabilidad forma parte del camino.
Una comunidad de testigos
Para la comunidad de la Església Protestant Sant Pau, este texto es también una llamada colectiva. La iglesia no está llamada a ser una comunidad perfecta, libre de miedo. Está llamada a ser una comunidad que aprende a vivir desde la verdad.
Pedro niega, pero su historia no termina ahí. El Evangelio seguirá narrando su restauración y su envío. La gracia de Dios no elimina nuestra fragilidad; la transforma en lugar de aprendizaje y misión.
Así, el contraste entre Jesús y Pedro no busca humillar al discípulo, sino revelar el camino del Evangelio: un camino de verdad, de integridad y de esperanza.
El coraje del Evangelio
Seguir a Jesús no significa no tener miedo. Significa aprender a no dejar que el miedo tenga la última palabra.
El Evangelio nos invita a reconocer nuestras negaciones, pero también a escuchar la llamada de Cristo a vivir desde la verdad. A ser testigos que, aun en medio de la vulnerabilidad, no renuncian a la luz recibida.
Porque allí donde la verdad se vive con humildad y coraje, el Evangelio sigue abriendo caminos de vida.
Este artículo está basado en la predicación del 15 de marzo de 2026 en la Església Protestant Sant Pau, si quieres puedes visitar nuestro culto
Un encuentro que abre comunidad
Jesús no retiene a María en ese momento íntimo. La envía: “ve a mis hermanos…”. La resurrección no es una experiencia privada, sino una buena noticia que se comparte. Y María —una mujer en un contexto donde su voz no tenía autoridad— es la primera en anunciarla.
Aquí el Evangelio rompe esquemas: el testimonio y la misión no dependen del poder, sino del encuentro. Por eso la tradición la recuerda como “apóstol de los apóstoles”.
Una fe que se convierte en misión
María pasa del llanto al anuncio: “He visto al Señor”. Ese es el centro de la fe pascual. No una teoría, sino un testimonio. No una idea, sino una experiencia que transforma.
La resurrección se hace visible cuando genera vida, esperanza y comunidad.
Una palabra para hoy
Para la comunidad de la Església Protestant Sant Pau, este texto es una invitación a reconocernos en María.
También nosotros vivimos entre lágrimas y esperanza, entre preguntas y búsquedas. También nosotros necesitamos escuchar nuestro nombre y redescubrir la presencia del Resucitado. Y también nosotros somos enviados.
Porque la Pascua no termina en el encuentro personal. Comienza ahí.
La pregunta queda abierta: ¿nos quedaremos junto al sepulcro… o nos atreveremos a anunciar que la vida ha vencido?
Este artículo está basado en la predicación del 05 de abril de 2026 en la Església Protestant Sant Pau, si quieres puedes visitar nuestro culto


