No es bueno que el ser humano esté solo – ¡Descarga el Boletín de octubre!

no es buena la soledad
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Sabes de dolores. Sabes lo que es sentirte por dentro como alguien al que la faltan las fuerzas (Sal. 88:5b). Sabes lo duro que es llevar el dolor en una soledad envuelta en silencio. Sí, cuantas veces no te habrás dicho, «a Dios imploro ánimo y fuerza, en Él espero». Pero bien sabes que ya Dios dijo y nos advirtió, desde la noche de los siglos, que «no es bueno que el ser humano esté solo». Por eso su gracia nos introdujo -nos introduce- en su familia, para que por fin no nos falte nunca una mano amiga que nos abrace, ni unos oídos que escuchen nuestro dolor, y mientras nos escuchan no dejemos sentir en nuestro pecho su abrazo. Vivir nuestra fragilidad y lágrimas en comunidad es una experiencia profundamente sanadora, ¡lo sé!

«No es bueno que el ser humano esté solo», dijo Dios en el principio. No te escandalices si digo que mi soledad y Dios no son suficientes para sanar el dolor que siempre nos acecha. De ahí que Dios, reitero, nos hiciera parte de una comunidad. La comunidad de fe nunca, nunca, debiera ser terreno hostil para aquel, para aquella, que siente en toda su radicalidad su propia fragilidad. Debe ser el espacio más adecuado para confesar unos a otros nuestros sentires y dolores. Y Dios, siempre bueno, se hace presente en medio nuestro. ¡La gracia de Dios en forma de comunidad siempre está presente! Al menos ¡eso espero!

Sola Gratia. Soli Deo Gloria

Ignacio Simal, Pastor de Betel+Sant Pau

 

Cuando llegan los dolores del alma (o del cuerpo) – Boletín Julio-Agosto, 2018

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Cuando llegan los dolores del alma (o del cuerpo)

Tarde o temprano llegan. Llegan los dolores del alma o del cuerpo (o ambos a la vez) a nuestra existencia. En ocasiones lo hacen sin previo aviso. Golpean la puerta de la salud hasta romperla, entrando en tropel. Entonces un clamor surge en nosotros, “¡Señor, hijo de David, ten misericordia de nosotros!” (Mt. 20:30). Nuestra razón, auxiliada por nuestra empobrecida fe, nos reprende, y ¡de qué manera! Nos dice, ¡debes confiar en los expertos de la salud del alma y del cuerpo! Pero nosotros, nosotras, creyentes en un Dios que está a nuestro favor, confiamos en él de un modo mayor que nuestra confianza en los expertos. No subestimamos a los especialistas, acudimos a ellos, pero también sabemos que Dios actúa tanto a través de mediaciones humanas como de su directísima mano. De ahí que volvamos a clamar “¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!”, y quedamos a la espera de la respuesta de su generosidad. Y a veces ocurre… ocurre que Dios, compadecido de nosotros, pone su mano sin mediaciones, sanando nuestra alma o nuestro cuerpo (Mt. 20:34). Descansamos en Dios, nuestro Señor, porque ya sea en sanidad o en ausencia de ella, Él ¡sea glorificado!

Ignacio Simal Camps, pastor de Betel + Sant Pau