”Los ídolos de las naciones son plata y oro, obra de manos humanas. Tienen boca y no hablan, ojos pero no ven, oídos pero no oyen, no tiene aliento su boca. Que sean como ellos quienes los hacen, todo el que en ellos confía” (Sal. 135:15-18 BTI)

Seguir a los ídolos que este modelo de sociedad tiene-propone como dioses acaba deshumanizándonos. Y así nos quedamos sin boca para anunciar el mundo nuevo, sin ojos para ver la realidad tal como es, sin oídos para escuchar el clamor de las personas que sufren, y sin el hálito vital que nos hace humanos. Por todo ello, confiamos en que Dios, día a día, recrea nuestro corazón de piedra, transformándolo en un corazón de carne (Ez. 36:26). La confianza en el Dios de Jesús nos humaniza, nos hace verdaderamente humanos. Por la gracia de Dios podemos experimentar en el seguimiento de Jesús unos sentimientos de entrañable misericordia hacia nuestros prójimos que nos urgen a luchar por el derecho, la justicia y la equidad. Soli Deo Gloria