Habitar en familia, o el hogar de Dios

Dios hace habitar en familia a las personas desamparadas” (Sal. 68:6a)

La soledad hace enfermar a las personas que la sufren. El sentimiento de soledad al que me refiero es un sentimiento de desamparo actual, y de angustia ante la prospectiva que trazamos. La experiencia de soledad y desamparo nos acongoja y cierra las puertas a la esperanza, incapacitándonos para cargar y encargarnos de la vida.

Sin embargo, Dios, desplegando su asombrosa gracia, nos salva, nos hace habitar en familia (Sal. 68:6a). El sentimiento de soledad y desamparo se disuelve en la experiencia de salvación. Somos salvados de nuestro infausto presente y de los posibles nubarrones que en el futuro pudiéramos otear. La enfermedad originada en el desamparo cede. ¡No estamos solos! Nuestra peregrinación al otro mundo posible es en familia, en una parentela compuesta de hermanas y hermanos que están los unos por los otros al cien por cien. Y así, en el hogar de Dios, vivimos seguros hasta la eternidad. ¡Ese es el deseo del Dios de Jesús para cada uno de nosotros!

De forma abrupta suspendo mi escrito preguntándome, “¿será una ensoñación lo que escribo..?” Espero en la gracia de Dios que no sea así.

Selah

¡Tened un bendecido cuarto domingo de adviento!

Ignacio Simal, pastor de Betel + Sant Pau

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Foto: Sasha Freemind en Unsplash

No es bueno que el ser humano esté solo – ¡Descarga el Boletín de octubre!

no es buena la soledad
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Sabes de dolores. Sabes lo que es sentirte por dentro como alguien al que la faltan las fuerzas (Sal. 88:5b). Sabes lo duro que es llevar el dolor en una soledad envuelta en silencio. Sí, cuantas veces no te habrás dicho, «a Dios imploro ánimo y fuerza, en Él espero». Pero bien sabes que ya Dios dijo y nos advirtió, desde la noche de los siglos, que «no es bueno que el ser humano esté solo». Por eso su gracia nos introdujo -nos introduce- en su familia, para que por fin no nos falte nunca una mano amiga que nos abrace, ni unos oídos que escuchen nuestro dolor, y mientras nos escuchan no dejemos sentir en nuestro pecho su abrazo. Vivir nuestra fragilidad y lágrimas en comunidad es una experiencia profundamente sanadora, ¡lo sé!

«No es bueno que el ser humano esté solo», dijo Dios en el principio. No te escandalices si digo que mi soledad y Dios no son suficientes para sanar el dolor que siempre nos acecha. De ahí que Dios, reitero, nos hiciera parte de una comunidad. La comunidad de fe nunca, nunca, debiera ser terreno hostil para aquel, para aquella, que siente en toda su radicalidad su propia fragilidad. Debe ser el espacio más adecuado para confesar unos a otros nuestros sentires y dolores. Y Dios, siempre bueno, se hace presente en medio nuestro. ¡La gracia de Dios en forma de comunidad siempre está presente! Al menos ¡eso espero!

Sola Gratia. Soli Deo Gloria

Ignacio Simal, Pastor de Betel+Sant Pau