Vivir con la hora cambiada

El lugar donde la hora siempre está cambiada” titulaba un artículo el diario “El País”. Y no voy a hablar sobre el contenido del artículo, sino sobre lo que me ha sugerido el titular. Pensaba que muchos cristianos y cristianas vivimos con la hora cambiada, vivimos en una hora pasada que no será más, que no puede ser más. En ocasiones vivimos bien en el siglo I, en el siglo XV o en quién sabe qué siglo. Podemos, y debemos volver a las fuentes (a los textos bíblicos), pero nunca a su contexto histórico y social, ¡es imposible! Vivimos, para bien o para mal, en el siglo XXI Si bien es verdad que el ser humano ha cambiado poco, si que han cambiado tanto el contexto como los problemas que este genera. Y debemos hacer una lectura contextual de las fuentes ¡ello es una tarea delicada pero urgente!

Pero también he de decir que podemos interpretar el titular que menciono en un sentido muy diferente, en un sentido más que positivo. Y ahora diría que sí, que las cristianas y cristianos vivimos con la hora cambiada. Porque vivimos a la luz de la hora que viene, el advenimiento del futuro definitivo de la humanidad: la consumación del mundo nuevo que trae Dios en su venida. Tratamos, en la fuerza del Espíritu, encarnar el futuro que proclamamos en el presente de nuestras comunidades: vivir a la luz de la novedad que viene, anunciada en el Apocalipsis de san Juan (“Voy a hacer nuevas todas las cosas” Apo. 21:5), es nuestra tarea y parte de nuestra misión. Las comunidades cristianas viven la “hora” que viene, aquí y ahora, la gustan, la palpan y desde las realidades que el Espíritu construye en medio de ellas, anuncian a la manera de Jesús de Nazaret, “el tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el Evangelio” (Mc. 1:15).

¡Tenemos entre nuestras manos, por la gracia de Dios, una buena noticia! La hora futura, la hora que viene, ya está entre nosotros. Vivimos con la hora cambiada para bien. Soli Deo Gloria

Ignacio Simal, pastor de Betel+Sant Pau

Lo que cuenta es el corazón

Lo que distingue al auténtico judío es su interior, y la auténtica circuncisión es la del corazón, obra del Espíritu y no de reglas escritas. Y no serán los seres humanos, sino Dios, quien la alabe.” Ro. 2:29 BTI

Lo que cuenta es el corazón, el interior del ser humano. No tanto su pulcritud a la hora de cumplir con reglas escritas (letra). Lo que distingue a alguien que confiesa a Jesucristo del que no, es su interioridad. Y ello sólo lo conoce Dios y el propietario del corazón en cuestión.

Si uno se considera interiormente superior al resto del género humano, ¡tiene un problema! Un problema que debe resolver inmediatamente si realmente desea ser integro a la manera cristiana. Debe iniciar un peregrinaje interior que le conduzca, entre otras cosas, a una limpia conciencia, a la misericordia, a sentir hambre y sed de justicia, a la mansedumbre y a la paz (Mt. 5:1ss). No en vano nos enseñará Jesús de Nazaret que “lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre» (Mt. 15:18). Y también: “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas» (Mt. 12:35). Todo lo que podemos llegar a ser en aras del mundo nuevo de Dios y su justicia se decide en el corazón.

Debemos considerar como único tesoro de nuestra vida la búsqueda incesante de la justicia, fiel compañera del mundo nuevo que proclamó Jesus. Porque nuestro tesoro no está ni en la letra pura y dura, ni en lo que nos ofrece la sociedad en la que nos movemos, sino, reitero, en el mundo nuevo de Dios.

El mundo nuevo se inicia y se abre paso, de entrada, en el corazón. Es en el interior donde el Espíritu nos instruye en el noble arte del nomadismo espiritual que origina su obra en nosotros, a fin de entrar en la tierra prometida de la libertad interior, que ni nos esclaviza -obviamente-, ni nos impele a esclavizar a nuestros prójimos. ¡Todo se decide en el corazón humano! De ahí que “sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida” (Pr. 4:23).

Soli Deo Gloria

Ignacio Simal, pastor de Betel + Sant Pau

No me importa a la iglesia que vayas, si detrás del Calvario estás

Mientras realizaba mi habitual caminata diaria vino a mi mente una vieja canción evangélica. De esas que colocamos en el apartado de «coritos» -de paso, no sé a quién se le ocurrió llamar así a esas breves canciones que en ocasiones entonamos-. Pues bien, resulta que mientras la recordaba, trataba de darle un interpretación un tanto personal, pero conectada con la prédica de Jesús de Nazaret. Pasados unos minutos, me puse a cantarla a media voz (alguien que me escuchara en ese momento, de conocerla, diría que más bien que cantarla la desentonaba). La canción o «corito» dice:

No me importa a la iglesia que vayas
si detrás del calvario tu estás,
si tu corazón es como el mío,
dame la mano y mi hermano serás
//Dame la mano, dame la mano,
dame la mano y mi hermano serás//

Y sí, es verdad, siempre será verdad, que «no me importa a la iglesia que vayas, si detrás del calvario tú estás«, porque detrás del Calvario están los hermanas y hermanos más pequeños de Jesús; y allí, al otro lado del Calvario, escuchamos todo el clamor de la sangre inocente derramada a lo largo de esta historia de trazos inhumanos y brutales. Sí, estar «detrás del calvario» es tomar partido por los que sufren la historia, es ponerse del lado los que son obligados a ser comparsa de los poderosos, es solidarizarse con aquellos a los que no se les permite ser protagonistas de la Historia, ni siquiera de sus historias personales. Estar «detrás del calvario» nos implica en la vida y mensaje de Jesús de Nazaret; nos hace asemejarnos, aunque sea un poquito, a él.

Cuando el centro de nuestro corazón está ocupado por aquellas personas que ocuparon el corazón del Nazareno es la prueba veraz de que hemos atravesado el umbral del Calvario para introducirnos en el espacio de los excluidos de la Historia. Y de pronto caemos en la cuenta que nuestro corazón de piedra ha mutado en un corazón de carne, y a partir de ahí «en nombre de aquel a quien la religión, la sociedad y el estado sacrificaron en otro tiempo, -nos solidarizamos- hoy con las víctimas de la religión, la sociedad y el estado del modo como aquel Crucificado se hizo su hermano y su libertador» (Moltmann, J. El Dios crucificado. Sígueme, 1975. Pág. 73).

Pues bien, como reza el cántico, los que tienen ese mismo corazón son mis hermanos y hermanas. Ese es el tipo de ecumenismo que despierta mi interés, un ecumenismo que siembra «mundo nuevo» por dondequiera que pasa. Y acabó ya, acabo ya cantando de nuevo, «no me importa a la iglesia que vayas, si detrás del calvario tú estás…«

Soli Deo Gloria

Ignacio Simal Camps, pastor de Betel + Sant Pau