Solo creéis…

[Juan 4:46-54]

Tenías razón cuando dijiste, “solo creéis si veis milagros y prodigios”. Pero sabes bien, Señor, que en algunos momentos de nuestra existencia los necesitamos más que el agua. Por eso, como aquel oficial de la corte que narra el Evangelio, te insistimos y clamamos hasta la saciedad pidiendo sanidad, redención y liberación para hoy, no para mañana. Tal es nuestro grado de necesidad. Bien lo sabes.


Sola Gratia

Ignacio Simal, pastor de Betel+Sant Pau

Oí tus pasos…

Te oí en el jardín, y tuve miedo…” (Gn. 3:10)

Señor, escucho tus pasos en mi bosque interior. No me espantan, ni me invitan a la huida. Más bien me convidan al encuentro, al abrazo y al amor. Ellos anuncian el descanso inmerecido del alma.

Ignacio Simal, pastor de Betel + Sant Pau

El que guarda silencio se religa a Dios

Guarda silencio ante el Señor, y espera en él” -Salmo 37:7

El que guarda silencio se religa a Dios. Al silencio de Dios, se corresponde el nuestro; y al nuestro, el suyo. No existen palabras que puedan expresar la magnitud de los que se profesan un amor sin límites, de ahí que ambos guarden silencio. El amor no necesita de la muleta de las palabras, no necesita de la locuacidad del verbo, sino que se expresa en la confianza radical de los amantes. Confianza y silencio suelen vérselas caminar juntas.

Ignacio Simal, pastor de Betel + Sant Pau

¡Llega la Navidad!

Llega la Navidad, y con ella debates acerca de su validez, o de la pertinencia o no de celebrarla. Quienes lo hacen arguyen razones de fechas, o incluso del origen pagano de la misma (el solsticio del sol para los romanos). O se enfrascan en asesorar de manera conductista sobre la manera correcta de celebrarla a fin de diferenciarse de lo que llaman “el mundo”.

Están también los que, ajenos a diatribas teológicas sobre la Navidad, la juzgan de ser una celebración hiper consumista y neocapitalista (no nos olvidemos de que el traje rojo de Santa Claus fue un producto de márqueting para promocionar el consumo de la Coca-cola).

Por supuesto hay quienes ven en la Navidad una oportunidad de reunirse en familia, de llamar a los amigos para felicitarles las fiestas, de reír con los compañeros de trabajo en la cena de empresa y hacer un parón del ajetreo laboral. La Navidad se convierte entonces en una oportunidad de reencuentro, aunque breve y temporal.

Sin duda, la Navidad está sujeta a múltiples interpretaciones, fruto de la mirada que depositemos en ella. Así, una mirada “ortodoxa” y temerosa de “la contaminación del mundo”, se perderá en una apologética en post de lo que cierto profeta “dixit”; se focalizará en la letra, pero no en el espíritu. Quienes vean despilfarro en la Navidad, no sin razón, juzgarán todavía a través de los ojos de lo material, limitados por lo contingente. Aquellos que vean en estas fechas una oportunidad para reunirse con los suyos, aprovecharán el momento de manera afectiva, como merece ser vivida la vida.

Pero hay otra lectura más, pues como todo signo, la Navidad es susceptible a más de una lectura. Una lectura que ha tenido a lo largo de los siglos la capacidad de reunir en un solo acontecimiento al pueblo cristiano. En medio de tantas disputas a lo largo de la historia, bien merece una consideración este hecho, el de la unidad. Pero no solo la cristiandad, otras religiones miran con respeto la Navidad, muchas veces con más respeto que aquellos que se dicen cristianos y se dedican a buscar el separatismo constante con otros cristianos.

Es curioso, porque esta narración de diversas interpretaciones y reacciones la encontramos ya en el propio relato de los Evangelios. Esto es, la historia de un nacimiento que suscitó distintas reacciones, algunas positivas, otras negativas (no olvidemos a Herodes y su artimaña por matar al niño de la profecía); que reunió a ortodoxos y heterodoxos (aquellos sabios, forasteros, venidos de Oriente); a personas de mirada espiritual y personas de mirada más contingente, pero todos ellos de buena voluntad. Todos se vieron enfrentados al acontecimiento del nacimiento del Hijo de Dios, todos hicieron sus interpretaciones, ejecutaron distintas maneras de celebrarlo (e incluso de no celebrarlo), todos a su manera reaccionaron.

Pero en medio de aquellas reacciones, el propio relato, por el mero hecho de haberse escrito y convertirse en narración, ya nos compele a mirarlo desde una perspectiva coral, no individual, y se convierte en guiño metatextual para quienes lo recibimos como lectores. Aquellos que a lo largo de los siglos hemos respondido a la invitación de su lectura colectiva, hemos sido capaces de abandonar la mirada individualista -que no permite el regocijo a la que el relato nos invita (ángeles, pastores, sabios, María, José, todos compartiendo el momento de mirar al niño)-, y hemos hecho tradición del mismo, nos hemos significado como pueblo de Dios que mira en la misma dirección. Sí, el relato de Lucas es un relato coral, y su eco resuena en la tradición de los cristianos que se reconocen como comunidad para mirar el acontecimiento de la historia que cambió el mundo.

Seguirán las navidades, y las discusiones variopintas, pero quienes sepamos dónde mirar y en compañía de quiénes hacerlo, encontraremos la fraternidad de aquellos que también miraron y vieron, a lo largo de los siglos, más allá de la contingencia de nuestras banalidades y vanidades, a Dios formando parte de la Historia.

església
Autora: Anma Troncoso

 

 

 

 

 

Mi oración

Mi oración, en este día previo a Navidad, es que nuestros pies sean capaces de caminar incesantemente hacia la ciudad cuyo arquitecto es Dios, y cuyo fundamento es el Mesías, hijo de María. Y que al igual que las noches del Israel liberado fueron iluminadas por una columna de fuego (Ex. 13:21), nuestras noches también sean iluminadas por la estrella que guió a los «magos» hasta Belén (Mt. 2:1), por la luz de nuestro Señor y Salvador, el Mesías Jesús.

Soli Deo Gloria

Ignacio Simal, pastor de Betel + Sant Pau

Habitar en familia, o el hogar de Dios

Dios hace habitar en familia a las personas desamparadas” (Sal. 68:6a)

La soledad hace enfermar a las personas que la sufren. El sentimiento de soledad al que me refiero es un sentimiento de desamparo actual, y de angustia ante la prospectiva que trazamos. La experiencia de soledad y desamparo nos acongoja y cierra las puertas a la esperanza, incapacitándonos para cargar y encargarnos de la vida.

Sin embargo, Dios, desplegando su asombrosa gracia, nos salva, nos hace habitar en familia (Sal. 68:6a). El sentimiento de soledad y desamparo se disuelve en la experiencia de salvación. Somos salvados de nuestro infausto presente y de los posibles nubarrones que en el futuro pudiéramos otear. La enfermedad originada en el desamparo cede. ¡No estamos solos! Nuestra peregrinación al otro mundo posible es en familia, en una parentela compuesta de hermanas y hermanos que están los unos por los otros al cien por cien. Y así, en el hogar de Dios, vivimos seguros hasta la eternidad. ¡Ese es el deseo del Dios de Jesús para cada uno de nosotros!

De forma abrupta suspendo mi escrito preguntándome, “¿será una ensoñación lo que escribo..?” Espero en la gracia de Dios que no sea así.

Selah

¡Tened un bendecido cuarto domingo de adviento!

Ignacio Simal, pastor de Betel + Sant Pau

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Foto: Sasha Freemind en Unsplash

Mediadores del amor sanador de Cristo

sanidad«Enseñaba Jesús en una sinagoga en el día de reposo; y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad […] Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: Mujer, eres libre de tu enfermedad. Y puso las manos sobre ella; y ella se enderezó luego, y glorificaba a Dios.» (Lc. ‭13:10-13‬)

Es causa de gran tristeza -para los corazones acompasados al corazón de Dios- observar como en los espacios donde debiera experimentarse la sanidad del espíritu existan enfermos de las entrañas, sin esperanza de remisión.

El espacio donde Cristo, según su promesa, se hace presente (Mt. 18:20) es lugar privilegiado para la sanidad del alma. Es donde los creyentes, como sacerdotes los unos de los otros, median el perdón de Dios a través del amor, el abrazo y la acogida.

La sanidad del espíritu acontece mediante la confesión de nuestras luchas, pecados y debilidades los unos a los otros, sabiendo que el amor cubre multitud de pecados y siempre se apega a la discreción de lo escuchado. No en vano leemos en las Escrituras (Stgo. 5:16) que debemos confesarnos nuestras ofensas unos a otros, y orar unos por otros, a fin de ser sanados. A fin de cuentas creemos con todas la fuerzas que nos concede la gracia de Dios, que la oración eficaz del justo puede mucho.

El espacio donde los creyentes, junto al Espíritu del Resucitado, se encuentran, es lugar de salud y fortaleza, donde recibimos socorro y ánimo a fin de perseverar en la fe y en el amor. Como también dicen los textos sagrados, «considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras» (Heb. 10:24).

¡Ser iglesia es ser un espacio de libertad, perdón y sanidad del alma!

Soli Deo Gloria

Ignacio Simal, pastor