El que guarda silencio se religa a Dios

Guarda silencio ante el Señor, y espera en él” -Salmo 37:7

El que guarda silencio se religa a Dios. Al silencio de Dios, se corresponde el nuestro; y al nuestro, el suyo. No existen palabras que puedan expresar la magnitud de los que se profesan un amor sin límites, de ahí que ambos guarden silencio. El amor no necesita de la muleta de las palabras, no necesita de la locuacidad del verbo, sino que se expresa en la confianza radical de los amantes. Confianza y silencio suelen vérselas caminar juntas.

Ignacio Simal, pastor de Betel + Sant Pau

¡Llega la Navidad!

Llega la Navidad, y con ella debates acerca de su validez, o de la pertinencia o no de celebrarla. Quienes lo hacen arguyen razones de fechas, o incluso del origen pagano de la misma (el solsticio del sol para los romanos). O se enfrascan en asesorar de manera conductista sobre la manera correcta de celebrarla a fin de diferenciarse de lo que llaman “el mundo”.

Están también los que, ajenos a diatribas teológicas sobre la Navidad, la juzgan de ser una celebración hiper consumista y neocapitalista (no nos olvidemos de que el traje rojo de Santa Claus fue un producto de márqueting para promocionar el consumo de la Coca-cola).

Por supuesto hay quienes ven en la Navidad una oportunidad de reunirse en familia, de llamar a los amigos para felicitarles las fiestas, de reír con los compañeros de trabajo en la cena de empresa y hacer un parón del ajetreo laboral. La Navidad se convierte entonces en una oportunidad de reencuentro, aunque breve y temporal.

Sin duda, la Navidad está sujeta a múltiples interpretaciones, fruto de la mirada que depositemos en ella. Así, una mirada “ortodoxa” y temerosa de “la contaminación del mundo”, se perderá en una apologética en post de lo que cierto profeta “dixit”; se focalizará en la letra, pero no en el espíritu. Quienes vean despilfarro en la Navidad, no sin razón, juzgarán todavía a través de los ojos de lo material, limitados por lo contingente. Aquellos que vean en estas fechas una oportunidad para reunirse con los suyos, aprovecharán el momento de manera afectiva, como merece ser vivida la vida.

Pero hay otra lectura más, pues como todo signo, la Navidad es susceptible a más de una lectura. Una lectura que ha tenido a lo largo de los siglos la capacidad de reunir en un solo acontecimiento al pueblo cristiano. En medio de tantas disputas a lo largo de la historia, bien merece una consideración este hecho, el de la unidad. Pero no solo la cristiandad, otras religiones miran con respeto la Navidad, muchas veces con más respeto que aquellos que se dicen cristianos y se dedican a buscar el separatismo constante con otros cristianos.

Es curioso, porque esta narración de diversas interpretaciones y reacciones la encontramos ya en el propio relato de los Evangelios. Esto es, la historia de un nacimiento que suscitó distintas reacciones, algunas positivas, otras negativas (no olvidemos a Herodes y su artimaña por matar al niño de la profecía); que reunió a ortodoxos y heterodoxos (aquellos sabios, forasteros, venidos de Oriente); a personas de mirada espiritual y personas de mirada más contingente, pero todos ellos de buena voluntad. Todos se vieron enfrentados al acontecimiento del nacimiento del Hijo de Dios, todos hicieron sus interpretaciones, ejecutaron distintas maneras de celebrarlo (e incluso de no celebrarlo), todos a su manera reaccionaron.

Pero en medio de aquellas reacciones, el propio relato, por el mero hecho de haberse escrito y convertirse en narración, ya nos compele a mirarlo desde una perspectiva coral, no individual, y se convierte en guiño metatextual para quienes lo recibimos como lectores. Aquellos que a lo largo de los siglos hemos respondido a la invitación de su lectura colectiva, hemos sido capaces de abandonar la mirada individualista -que no permite el regocijo a la que el relato nos invita (ángeles, pastores, sabios, María, José, todos compartiendo el momento de mirar al niño)-, y hemos hecho tradición del mismo, nos hemos significado como pueblo de Dios que mira en la misma dirección. Sí, el relato de Lucas es un relato coral, y su eco resuena en la tradición de los cristianos que se reconocen como comunidad para mirar el acontecimiento de la historia que cambió el mundo.

Seguirán las navidades, y las discusiones variopintas, pero quienes sepamos dónde mirar y en compañía de quiénes hacerlo, encontraremos la fraternidad de aquellos que también miraron y vieron, a lo largo de los siglos, más allá de la contingencia de nuestras banalidades y vanidades, a Dios formando parte de la Historia.

església
Autora: Anma Troncoso

 

 

 

 

 

Mi oración

Mi oración, en este día previo a Navidad, es que nuestros pies sean capaces de caminar incesantemente hacia la ciudad cuyo arquitecto es Dios, y cuyo fundamento es el Mesías, hijo de María. Y que al igual que las noches del Israel liberado fueron iluminadas por una columna de fuego (Ex. 13:21), nuestras noches también sean iluminadas por la estrella que guió a los “magos” hasta Belén (Mt. 2:1), por la luz de nuestro Señor y Salvador, el Mesías Jesús.

Soli Deo Gloria

Ignacio Simal, pastor de Betel + Sant Pau

Habitar en familia, o el hogar de Dios

Dios hace habitar en familia a las personas desamparadas” (Sal. 68:6a)

La soledad hace enfermar a las personas que la sufren. El sentimiento de soledad al que me refiero es un sentimiento de desamparo actual, y de angustia ante la prospectiva que trazamos. La experiencia de soledad y desamparo nos acongoja y cierra las puertas a la esperanza, incapacitándonos para cargar y encargarnos de la vida.

Sin embargo, Dios, desplegando su asombrosa gracia, nos salva, nos hace habitar en familia (Sal. 68:6a). El sentimiento de soledad y desamparo se disuelve en la experiencia de salvación. Somos salvados de nuestro infausto presente y de los posibles nubarrones que en el futuro pudiéramos otear. La enfermedad originada en el desamparo cede. ¡No estamos solos! Nuestra peregrinación al otro mundo posible es en familia, en una parentela compuesta de hermanas y hermanos que están los unos por los otros al cien por cien. Y así, en el hogar de Dios, vivimos seguros hasta la eternidad. ¡Ese es el deseo del Dios de Jesús para cada uno de nosotros!

De forma abrupta suspendo mi escrito preguntándome, “¿será una ensoñación lo que escribo..?” Espero en la gracia de Dios que no sea así.

Selah

¡Tened un bendecido cuarto domingo de adviento!

Ignacio Simal, pastor de Betel + Sant Pau

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Foto: Sasha Freemind en Unsplash

Mediadores del amor sanador de Cristo

sanidad«Enseñaba Jesús en una sinagoga en el día de reposo; y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad […] Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: Mujer, eres libre de tu enfermedad. Y puso las manos sobre ella; y ella se enderezó luego, y glorificaba a Dios.» (Lc. ‭13:10-13‬)

Es causa de gran tristeza -para los corazones acompasados al corazón de Dios- observar como en los espacios donde debiera experimentarse la sanidad del espíritu existan enfermos de las entrañas, sin esperanza de remisión.

El espacio donde Cristo, según su promesa, se hace presente (Mt. 18:20) es lugar privilegiado para la sanidad del alma. Es donde los creyentes, como sacerdotes los unos de los otros, median el perdón de Dios a través del amor, el abrazo y la acogida.

La sanidad del espíritu acontece mediante la confesión de nuestras luchas, pecados y debilidades los unos a los otros, sabiendo que el amor cubre multitud de pecados y siempre se apega a la discreción de lo escuchado. No en vano leemos en las Escrituras (Stgo. 5:16) que debemos confesarnos nuestras ofensas unos a otros, y orar unos por otros, a fin de ser sanados. A fin de cuentas creemos con todas la fuerzas que nos concede la gracia de Dios, que la oración eficaz del justo puede mucho.

El espacio donde los creyentes, junto al Espíritu del Resucitado, se encuentran, es lugar de salud y fortaleza, donde recibimos socorro y ánimo a fin de perseverar en la fe y en el amor. Como también dicen los textos sagrados, “considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras” (Heb. 10:24).

¡Ser iglesia es ser un espacio de libertad, perdón y sanidad del alma!

Soli Deo Gloria

Ignacio Simal, pastor

Un nuevo éxodo ¡nacer de nuevo!

éxodo¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos? Os digo: no; antes si no os arrepentís , todos pereceréis igualmente” (Lc. 13:1-5)

Todos somos culpables de alimentar este sistema injusto. Ese es el gran dictamen que aparece de tapa a tapa de las Escrituras. Un dictamen que no gusta, que no agrada, ya que todos y todas buscamos justificaciones que desculpabilicen nuestra pasividad ante los desmanes que oímos y vemos a diario. Si el prójimo padece en todo su rigor despiadado, cantamos con Christine Rosenvinge, “alguien tendrá la culpa” y, evidentemente, nosotros no.

Jesús de Nazaret, ante la realidad que nos envuelve, nos propone un nuevo “éxodo”. “Éxodo” que se inicia con el arrepentimiento de nuestra pasividad y resignación ante lo que nosotros y/o nuestros prójimos padecemos. El arrepentimiento consiste en reconocer nuestra responsabilidad con lo que sucede, dar la espalda al sistema y organizarse en comunidades alternativas al modelo social que nos hemos dejado imponer. Para ello, necesitamos desvestirnos de nuestra cobardía, y vestirnos de valentía para resistir los cantos de sirena que oímos fuera y dentro de nosotros. Para ello necesitamos “nacer de nuevo”, dejarnos arrastrar por el Espíritu del Dios de Jesús, y atender a esa Luz que nos alumbra y que se hizo carne en el Mesías.

Los “apocalipisis” son evitables, al igual que fue evitable el apocalipsis anunciado por el profeta Jonas sobre la ciudad de Ninive. Solo hay que reconocer nuestra responsabilidad, dar la espalda al sistema y construir, en la fuerza del Espíritu eterno, comunidades alternativas al Imperio. Dicho en breve, y reiterando lo ya escrito, ¡necesitamos “nacer de nuevo”!

Soli Deo Gloria

Ignacio Simal, pastor

Soliloquios

En él, efectivamente, vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos ‭17:28‬ ‭BTI‬‬), escribió san Pablo. De tal manera es así, que el soliloquio de nuestro corazón lo articulamos, inevitablemente, en Dios, convirtiéndose así en una oración que Él escucha con atención. No puede ser de otro modo. Mediante el soliloquio abrimos nuestro corazón delante de Aquel que aguza su oído a lo que expresamos, sean dudas o certezas, sean dolores o alegrías.

Por ello, y ante la contemplación de la sinrazón que reina en nuestro mundo, y tomando prestadas, remedándolas, unas palabras al salmista hebreo, decimos: “Escucha, Señor, nuestro soliloquio, considera nuestro gemir. Está atento a la voz de nuestro clamor. De mañana escucha nuestra voz. Señor, quedamos a la espera, ya que tú no te complaces en la maldad” (Salmos 5:1-4).

Alguien escucha con atención nuestros soliloquios. Soli Deo Gloria

Ignacio Simal, pastor

¡Dejémonos, de nuevo, abrazar por Dios!

¡Dejémonos, de nuevo, abrazar por Dios!

«Yo te conocí en el desierto, en tierra seca. En sus pastos se saciaron, y repletos, se ensoberbeció su corazón; por esta causa se olvidaron de mí.» ‭‭Oseas‬ ‭13:5-6‬

Pronto olvidamos la experiencia de cuando Dios en Jesús nos salió al encuentro. ¡Nuestro horizonte existencial fue bañado de los colores del arco iris! Al atravesar el umbral de la experiencia de Dios, nuestro interior deseaba estar con aquellos que, como nosotros, confesaban al Cristo como Señor, y éramos incapaces de callar la buena noticia ante los que vida hacía que se cruzaran en nuestro camino.
Pasó el tiempo y todo queda lejano. Recordamos la “experiencia de encuentro”, y se pierde en la neblina de los años. Nos creemos autosuficientes, y llenamos nuestra vida con cosas y experiencias que testifican de nuestro olvido del Dios de Jesús. ¡Uf! Pareciera que se cumple en nosotros, en nosotras, el dicho popular que dice, “de desagradecidos el mundo está lleno”.
¿Qué añadir..? Simplemente decir que todavía hay tiempo de regresar, cual hijos e hijas pródigos, a la casa que nunca debimos abandonar. ¡Nuestro Padre-Madre sigue esperando ver nuestra silueta en el horizonte caminando de regreso al hogar divino!
¡Dejémonos, de nuevo, abrazar por Dios!

Sola Gratia

Ignacio Simal, pastor de Betel + Sant Pau

No es bueno que el ser humano esté solo – ¡Descarga el Boletín de octubre!

no es buena la soledad
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Sabes de dolores. Sabes lo que es sentirte por dentro como alguien al que la faltan las fuerzas (Sal. 88:5b). Sabes lo duro que es llevar el dolor en una soledad envuelta en silencio. Sí, cuantas veces no te habrás dicho, “a Dios imploro ánimo y fuerza, en Él espero”. Pero bien sabes que ya Dios dijo y nos advirtió, desde la noche de los siglos, que “no es bueno que el ser humano esté solo”. Por eso su gracia nos introdujo -nos introduce- en su familia, para que por fin no nos falte nunca una mano amiga que nos abrace, ni unos oídos que escuchen nuestro dolor, y mientras nos escuchan no dejemos sentir en nuestro pecho su abrazo. Vivir nuestra fragilidad y lágrimas en comunidad es una experiencia profundamente sanadora, ¡lo sé!

“No es bueno que el ser humano esté solo”, dijo Dios en el principio. No te escandalices si digo que mi soledad y Dios no son suficientes para sanar el dolor que siempre nos acecha. De ahí que Dios, reitero, nos hiciera parte de una comunidad. La comunidad de fe nunca, nunca, debiera ser terreno hostil para aquel, para aquella, que siente en toda su radicalidad su propia fragilidad. Debe ser el espacio más adecuado para confesar unos a otros nuestros sentires y dolores. Y Dios, siempre bueno, se hace presente en medio nuestro. ¡La gracia de Dios en forma de comunidad siempre está presente! Al menos ¡eso espero!

Sola Gratia. Soli Deo Gloria

Ignacio Simal, Pastor de Betel+Sant Pau

 

¡Domingo! Al encuentro con el Resucitado

Leía, por recomendación del leccionario diario, en el salmo 103, y en clave de domingo, pensaba:

Si existe un día en el que toda la iglesia es convocada por su Señor, ese es el domingo. El pueblo de Dios va al encuentro tanto del Resucitado, como de los hermanos y hermanas que lo conforma. Es el día en el que hacemos memoria como comunidad de todos los favores con los que nuestro Señor nos ha colmado (103:2): Él nos colma de perdón, sanidad y liberación en medio de nuestras historias personales y colectivas; es más, ¡nos corona de amor y ternura!; Él, el Dios de Jesús, no tiene como lema de actuación el “ojo por ojo y diente por diente!: “No nos trata según nuestros pecados, no nos paga según nuestras culpas” (103.10), y así nos muestra el camino que debemos transitar. ¡Él nos ama como un padre bueno ama a sus hijos e hijas, abrazándolos y acogiéndolos en casa a pesar de sus desvaríos!

Por todo ello, y por muchas cosas, en esta mañana nos decimos ¡Bendice, alma mía, al Señor!

¡Tened un buen domingo!

Ignacio Simal, Pastor de Betel+Sant Pau

Vivir con la hora cambiada

El lugar donde la hora siempre está cambiada” titulaba un artículo el diario “El País”. Y no voy a hablar sobre el contenido del artículo, sino sobre lo que me ha sugerido el titular. Pensaba que muchos cristianos y cristianas vivimos con la hora cambiada, vivimos en una hora pasada que no será más, que no puede ser más. En ocasiones vivimos bien en el siglo I, en el siglo XV o en quién sabe qué siglo. Podemos, y debemos volver a las fuentes (a los textos bíblicos), pero nunca a su contexto histórico y social, ¡es imposible! Vivimos, para bien o para mal, en el siglo XXI Si bien es verdad que el ser humano ha cambiado poco, si que han cambiado tanto el contexto como los problemas que este genera. Y debemos hacer una lectura contextual de las fuentes ¡ello es una tarea delicada pero urgente!

Pero también he de decir que podemos interpretar el titular que menciono en un sentido muy diferente, en un sentido más que positivo. Y ahora diría que sí, que las cristianas y cristianos vivimos con la hora cambiada. Porque vivimos a la luz de la hora que viene, el advenimiento del futuro definitivo de la humanidad: la consumación del mundo nuevo que trae Dios en su venida. Tratamos, en la fuerza del Espíritu, encarnar el futuro que proclamamos en el presente de nuestras comunidades: vivir a la luz de la novedad que viene, anunciada en el Apocalipsis de san Juan (“Voy a hacer nuevas todas las cosas” Apo. 21:5), es nuestra tarea y parte de nuestra misión. Las comunidades cristianas viven la “hora” que viene, aquí y ahora, la gustan, la palpan y desde las realidades que el Espíritu construye en medio de ellas, anuncian a la manera de Jesús de Nazaret, “el tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el Evangelio” (Mc. 1:15).

¡Tenemos entre nuestras manos, por la gracia de Dios, una buena noticia! La hora futura, la hora que viene, ya está entre nosotros. Vivimos con la hora cambiada para bien. Soli Deo Gloria

Ignacio Simal, pastor de Betel+Sant Pau

La hora es grave

Los días son malos” (Ef. 5:16b)

Sí, la hora es grave. Siempre y en todos los tiempos ha sido grave. Creo que fue Salvador Pániker el que dijo que el mundo siempre ha pensado de sí en clave de crisis. También las iglesias. Por eso afirmo que la hora es grave, siempre ha sido grave. Y de ahí salto a la conclusión de que las palabras de esperanza se nos quedan pequeñas por insuficientes. Se nos quedan pequeñas a los que nos confesamos cristianos y al resto de las personas que no lo son. Lo necesario en esta hora es la proclamación de la esperanza encarnada en comunidades que se reúnen y se alientan en torno al Espíritu de Jesús Resucitado. Esa es la misión de las iglesias, la encarnación de la esperanza.

Solo Cristo. Sola fe. Sola gracia.

Ignacio Simal, Pastor de Betel+Sant Pau