Una oración personal para tiempos críticos

Una Oración para Tiempos Críticos de Iglesia Protestante en Vimeo.

Señor, durante muchísimos años nos has concedido la gracia del encuentro presencial con nuestros hermanos y hermanas. ¡Cuánto hemos disfrutado, cuánta consolación y ánimo hemos recibido a través de sus abrazos y de su acogida!

Sin embargo, ahora, debido a la pandemia que nos azota, notamos la falta del encuentro, de la conversación… gracias que contamos con las redes sociales para comunicarnos (algo que no todos pueden disfrutar), para escribirnos palabras de ánimo y consolación. Pero bien sabes, Señor, que no es lo mismo. En absoluto.

Por ello te suplicamos la gracia —siempre asombrosa— de que tu poder, a través de tu Espíritu, fortalezca nuestra debilidad ante lo que estamos viviendo. Señor, necesitamos sentir tu presencia en medio de esta calamidad que nos envuelve. Que el Espíritu eterno nos consuele. Sabemos que con tu presencia todo, absolutamente todo, lo podemos. Amén

¡Él llama a tu puerta!


«Mira, yo estoy llamando a la puerta; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos.»
‭‭Apocalipsis‬ ‭3:20‬

Sí, escuchamos cómo llamas a la puerta de nuestro mundo interior. Y lo haces de forma insistente, pero estamos exhaustos. Apenas nos quedan fuerzas para levantarnos y abrirla. Pero ¡deseamos tanto que entres en nuestra casa y cenes con nosotros! Señor, danos tú la gracia y la fuerza para atender a tu llamado y abrir nuestra puerta de par en par a tu presencia siempre sanadora. Solo entonces la esperanza y la alegría envolverán todo nuestro ser.

Ignacio Simal

Escupió en el suelo, hizo un poco de lodo y lo extendió sobre los ojos del ciego…

«Escupió en el suelo, hizo un poco de lodo y lo extendió sobre los ojos del ciegoJUAN 9:6 BTI

Somos tan “adultos” que prescindimos del Dios, padre de Jesús, para decirnos que solo contamos con nuestras manos y nuestro saber. Es más, con muchos autores cristianos nos diremos que el ser humano es su mediación, que su saber y sus manos son su presencia y su actuación. Toda otra palabra que diga algo diferente, y que afirme que Dios actúa, también, de forma directísima, será tachada de “pensamiento mítico”, y propia de un pasado en el que el ser humano era “menor de edad”. Al final, somos una generación de huérfanos de Dios, no porque él nos haya dejado a nuestra suerte, sino porque nosotros lo hemos cambiado por un ídolo “que tiene boca y no habla, ojos pero no ve, oídos pero no oye, nariz y no puede oler”, y al final, nuestra existencia se traza a imagen y semejanza del ídolo que hemos creado, huérfana de Dios por “mayoría de edad” (Sal. 115:5-6).

Hoy, en medio de la oscuridad que nos envuelve, sale a nuestro encuentro la “historia” de la curación del ciego de nacimiento (Juan 9:1-41), diciéndonos que el Resucitado está entre nosotros, y que por ello no debemos desterrar la esperanza de su actuación a una verdad trasnochada, a un pensamiento infantil. No, en absoluto. De ahí que nuestra oración, nuestra súplica y nuestro ruego no caen en saco roto, sino que se abren a la posibilidad real de que la esperanza que suplicamos se realice aquí y ahora, que el Resucitado vuelva a escupir en el suelo, hacer lodo, y embadurnar nuestros ojos a fin de que podamos ver la realidad que se nos oculta a causa de nuestra “adultez”, a causa de nuestra “mayoría de edad”. ¿A qué realidad me refiero? A la realidad del Dios que actúa en nosotros, en ocasiones concediéndonos la sanidad; en otras, dándonos, a través del Espíritu que mora en nosotros, el ánimo y la fuerza para que nuestra fe no falte en medio de la existencia cuando ésta se torna en espesas tinieblas (1 Cor. 10:13).

En tiempos como los que vivimos, en los que rigen las tinieblas, se hace necesaria y urgente la luz. Una luz que disuelva la oscuridad y sumerja nuestro mundo en los colores del arco iris, colores que proclaman la asombrosa gracia de Dios. De ahí que, desde la fe que confesamos, creemos en un “Dios que, desplegando su poder sobre nosotros, es capaz de realizar todas las cosas incomparablemente mejor de cuanto pensamos o pedimos” (Ef. 3:20). Vivimos abiertos al misterio, que de vez en cuando nos hace señales a través de los destellos de su gracia en medio de nuestra historia. Solo esperamos en el Dios, padre de Jesús. Nada más, ni nada menos.

Ignacio Simal

Ser cristiano es ser verdaderamente humano

Dios formó al hombre del barro de la tierra, en él completó todas sus obras y miro en él como quien mira en un espejo” (Hildegarda von Bingen. Liber Vitae Meritorum, XV)

Sí, Dios creó al ser humano “a su imagen y semejanza“, de tal manera que como escribió Hildegarda (1098-1179), “miró en él como quien mira en un espejo“. Sin embargo, el espejo se oscureció y Dios ya no pudo reconocerse en él.

Al tiempo, nació Jesús, el Mesías, y de él se escribió que fue “reflejo resplandeciente de la gloria del Padre e imagen perfecta de su ser” (Heb. 1:3 BTI); de nuevo Dios pudo verse en él como en un espejo perfecto. Y así, nosotros y nosotras, por su infinita misericordia, podemos contemplar en él, “a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, y ser transformados de gloria en gloria en la misma imagen [que contemplamos], como por el Espíritu del Señor” (2 Cor. 3:18).

Dios, en su gracia y misericordia, ha predestinado al ser humano a contemplarse en el espejo verdadero, es decir, contemplarse en Jesús, hijo de David e hijo del hombre, a fin de ser recreados conforme a su imagen (Ro. 8:29), cuya culminación se realizará de forma plena en la resurrección. Y es que decir sí a Jesús y seguirle en su camino, es internarse en la verdadera humanidad según la voluntad del Padre de las luces. Ser cristiana, ser cristiano, es ser verdaderamente humano a la manera del profeta de Nazaret. ¡Bendita gracia de la que somos depositarios!

Ser espiritual es ser verdaderamente humano, en el que Dios puede mirarse como en un espejo. Ni más ni menos.

Soli Deo Gloria

Un fuerte abrazo a tod@s!

Aquí estoy, “enclaustrao” y “confinao”… deseo enviaros un gran abrazo virtual.

Nuestra vida solo es digna de este nombre si fluye, si está en movimiento

unsplash-logoJP Fichman

Escribe Pablo d’Ors en “Biografía del Silencio“:

“Mediante la meditación, se me ha ido revelando el misterio de la unidad.

Por supuesto que a bucear en el océano de la unidad no se llega sin chapotear durante largo tiempo en las charcas de la división. El agua que no corre se estanca, se pudre y huele mal; eso lo sabemos todos. Pero también se pudre y huele mal toda vida que no fluye. Nuestra vida solo es digna de este nombre si fluye, si está en movimiento. Sea por cobardía o por pereza, sin embargo, o incluso por inercia —aunque casi siempre es el miedo lo que mayormente nos paraliza—, todos tendemos a quedarnos quietos y, todavía más, a encastillarnos. Encastillarse no es solo quedarse quieto; es dificultar cualquier movimiento futuro. Buscamos trabajos que nos aseguren, matrimonios que nos aseguren, ideas firmes y claras, partidos conservadores, ritos que nos devuelvan una impresión de continuidad… Buscamos viviendas protegidas, sistemas sanitarios bien cubiertos, inversiones de mínimo riesgo, ir sobre seguro… Y es así como el río de nuestra vida va encontrando obstáculos en su curso, hasta que un día, sin previo aviso, deja de fluir. Vivimos, sí, pero muy a menudo estamos muertos. Nos hemos sobrevivido a nosotros mismos: hay bio-logía, pero no bio-grafía.”

Aunque camine por valles sombríos…

 Aunque camine por valles sombríos no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan. (Salmos 23:4 BTI)

Ni en sueños hubiera imaginado que vendría un tiempo en el que nuestras celebraciones dominicales serían suspendidas, y tendríamos que quedarnos en casa junto con nuestras familias. Pero sí, está ocurriendo, son tiempos delicados. Bien lo sabemos, bien los experimentamos.

Es una especie de “valle sombrío” el que estamos atravesando. No solo nosotros, sino también nuestros conciudadanos. Las dudas, la inseguridad, las preocupaciones y el miedo, -sí, el miedo-, desean anidar en nuestros corazones. ¿Lo permitiremos..? Ahí esta la cuestión.

Nos podemos quedar en el “valle sombrío”, o confesar al Dios que nos está acompañando en esta hora.  Es Dios que, a través del Espíritu, habita en nuestra morada interior, y desde ahí, nos susurra palabras de amor, ánimo y consuelo. ¿Las escuchas? O, tal vez, el ruido de lo sombrío es tan ensordecedor que silencia al que mora en nuestros adentros.

Callemos, guardemos silencio, cerremos nuestros ojos y entremos en la luz del Espíritu eterno que, desde siempre, nos ha acompañado y nos acompaña. Esa luz que habita en nuestro interior es “la vara y el cayado de Dios” que sosiega nuestro espíritu, y pone sordina al ruido exterior.

Sí, Dios nos ve “remar con gran fatiga”, observa que nos cuesta lograr que nuestra barca surque el mar de la vida en la dirección correcta, el viento nos es contrario. Pero en medio del viento, del mar y de nuestra fatiga, aparece Jesús, nuestro Señor, diciéndonos, “soy yo, no temáis”, sube a nuestra barca y los vientos que azotan nuestra alma cesan, y la oscuridad de nuestro valle se disuelve como neblina al salir el sol. “No tengáis temor, yo he vencido al mundo”, nos dirá. Y es que la gracia de Dios es asombrosa, “su vara y su cayado nos sosiegan” por dentro.

Vuelvo a deciros, cerrad vuestros ojos, entrad en vuestro aposento secreto y ved que en él hay una mesa preparada. En ella hay una copa de vino, la copa del nuevo pacto; y también pan, el pan de vida. Participemos espiritualmente de la copa y el pan, ello alegrará nuestro corazón e infundirá vida a nuestro espíritu. Guardad silencio, no os inquietéis, pues nada ni nadie nos podrá arrebatar de las bondadosas manos de nuestro Salvador.

Os invito, me invito, en esta hora, a confesar con nuestros labios: Aunque camine por valles sombríos no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan.  ¡Aleluya, amén! 

Tomar al cielo por asalto

Nuestra ansia de Dios nos conduce, en frase de Jacob Böhme, a “tomar al cielo por asalto”, y cuando, por fin, experimentamos, fugazmente (apenas un instante), el cielo en nosotros, caemos en la cuenta de que no hemos sido nosotros los que lo hemos tomado por asalto, sino que ha sido el cielo el que nos ha tomado por asalto a nosotros.

-Ignacio Simal

Luz

La Luz que ilumina a todo ser humano vino para quedarse en nosotros. Lo queramos o no. Pero pasa el tiempo, y la vamos cubriendo de tierra hasta que nuestras entrañas se convierten en su tumba. ¡Necesitamos resurrección!

Sí, la gracia de Dios siempre es asombrosa

«El hermano mayor se irritó al oír esto y se negó a entrar en casa. Su padre, entonces, salió para rogarle que entrara.» (LUCAS 15:28 BLP)

Así fue, el hijo mayor, irritado, no quiso entrar en la casa de donde surgían cánticos de fiesta, la casa de la reconciliación universal. Sin embargo, el padre bueno, el padre misericordioso, salió a rogarle que entrara. Él se negó en redondo. Su pureza le impedía entrar a una casa contaminada por personas de pasado obscuro, pero acogidas y abrazadas por el padre de toda gracia y misericordia.

El padre bueno y misericordioso de la parábola señalaba -y señala- a un Dios que rompe con todas las convenciones sociales y religiosas. Un Dios que abraza al “hijo pródigo”, haciéndole participar de la fiesta, y un Dios que, al mismo tiempo, ruega al “hijo irritado” que participe de su alegría. ¡Dios convoca a todos a la fiesta de la reconciliación! La reconciliación tanto de lo que está el cielo, como de lo que está en la tierra. Sí, la gracia de Dios, como canta el viejo himno, siempre es asombrosa.

Ignacio Simal

Tristeza e impotencia

Bombardeados en Siria, abandonados por Turquía, gaseados en Grecia: Europa vuelve a fallar a los refugiados”, rezaba el titular de un diario digital. Tristeza e impotencia del ciudadano y la ciudadana medianamente sensibles ante lo que Europa está haciendo y dejando de hacer ante los millares de refugiados que pusieron su esperanza en ella.

Y es que la injusticia y la falta de equidad campean a sus anchas por la tierra. ¿Poner más nombres a las injusticias que están ocurriendo? ¿Acaso no las conocemos..?

Sed, sentimos sed a raudales. Sed de una justicia superior que devuelva la historia a las manos de las mujeres y hombres de buena voluntad; esos hombres y mujeres del sentido común y del mundo distinto.

Por ello, con el poeta hebreo de la antigüedad, decimos: «Estamos sedientos de Dios, del Dios vivo, ¿cuándo llegaremos a ver el rostro de Dios?» (Sal. ‭42:3‬ ‭BTI‬‬).

Ignacio Simal

Las puertas del cielo son enemigas de las prisas

“Pedro subió a la azotea para orar, cerca de la hora sexta. Y tuvo gran hambre, y quiso comer; pero mientras le preparaban algo, le sobrevino un éxtasis; y vio el cielo abierto…” ‭‭Hechos‬ ‭10:9-11‬

Las puertas del cielo son enemigas de las prisas. Y nosotros, pobres humanos de vida corta, tenemos prisa. Y claro está, constantemente estamos golpeando el picaporte del cielo, esperando que el que está al otro lado responda a nuestra insistencia. Pero no, la ley del Espíritu no funciona a fuerza de insistencia y espera. Más bien, y curiosamente, las puertas del cielo se abren cuando ya no esperamos que nadie nos atienda. Así el apóstol Pedro, mientras realizaba su rutinaria oración del mediodía, sintió hambre, y cuando esperaba el ansiado alimento, sucedió lo absolutamente inesperado: le sobrevino un ”éxtasis”, y vio las puertas del cielo abiertas. Así es la experiencia del Espíritu, cuando dejas de insistir y esperar es cuando, de repente y de improviso, te sentirás envuelto en su viento. Y así, sin prisas, sin insistencia, sin método ni estrategias, se abren las puertas del cielo ante nuestros ojos.

-Ignacio Simal

El abrazo inclusivo de Dios

Si la iglesia no es la encarnación del abrazo inclusivo de Dios hacia todos los seres humanos y, al mismo tiempo, el grito de protesta en medio de un mundo injusto y falto de equidad, traiciona su misión y el evangelio que anuncia, y deviene en pura y dura ideología.

Ignacio Simal

“Cuando la Palabra nos sale al encuentro en un autobús”

Mientras viajo en autobús, de regreso a casa, observó la carretera y la noche. Su combinación hace que las luces de los coches se me asemejen a estrellas fugaces que se cruzan conmigo, o que me adelantan. Una de las canciones que me acompaña en este momento es “Tonight”, de Sibylle Baier.

Decido dejar de leer el libro que estoy leyendo, para pasar a leer un par o tres de salmos. Me quedo absorto en el salmo 106. Merece la pena leerlo y meditarlo por entero. Pero uno de sus versículos llama poderosamente mi atención. Me detengo, y vuelvo a leerlo: “El Señor los libró muchas veces, pero ellos se obstinaron en su idea, se hundieron en su propia culpa” (Sal .106:43 BTI).

Ante su repetida lectura, me digo: Dios mío, ¡cuántas veces nos has librado de la desdicha y de la pena! Sin embargo parece que siempre nos hallamos en el mismo lugar cuando los problemas azuzan nuestra existencia. Sí, nos obstinamos en la idea de que tú, el Dios que derrocha generosidad y gracia, se ha ausentado de nuestra vida. Y nos hundimos en nuestra propia culpa, en nuestra falta de fe. Quė pronto olvidamos esas actuaciones tuyas que, en el pasado, nos liberaron del peligro e iluminaron nuestro rostro.

Señor, ¡gracias! Gracias, porque a pesar de nuestra obstinación, miras de frente nuestra angustia, recuerdas tu Alianza, y te compadeces de nosotros (Sal. 106:45,46). ¡Tan inmenso amor nos tienes!

El autobús sigue su carrera llevándome de nuevo a casa. Sigo viendo “estrellas fugaces” que se cruzan conmigo, o me adelantan. Sibylle Baier sigue cantando para mí. Y mi corazón está agradecido, muy agradecido por esa Palabra que nos sale al encuentro cuando menos los esperamos.

Soli Deo Gloria

Ignacio Simal, 2005