Nos prometen felicidad

Bel se ha caído, Nebo se desploma; son sus estatuas carga para animales, llevadas a cuestas por bestias cansadas. Se desploman y caen a la vez, no pueden salvar a quien los carga, ellos mismos van al destierro” (Isaías 46:1,2)

Cargamos sobre nuestros hombros, como si fuéramos animales de carga, dioses de factura humana. Nos prometen, de entrada, la felicidad, pero realmente nos conducen al destierro de nuestra humanidad y nos arrojan a la infelicidad.

Y así, desterrados de nuestra humanidad solo pensamos en nosotros mismos, independientemente de que podamos derramar algunas lágrimas –presuntamente solidarias- al observar el mal ajeno. Dioses que nos hacen radicalmente egoístas, y que logran que sucumbamos bajo su ciclópeo peso.

¡Qué diferencia del Dios de Jesús! Un Dios que nos busca, y cuando nos encuentra, nos coloca sobre sus hombros (a diferencia de los dioses de este mundo) y nos conduce así a lo largo de la existencia (Lc. 15:1-7).

Ahora bien, el Dios de Jesús nos enseña, a partir de que nos coloca sobre sus hombros, que -en palabras de Leon Tolstoy- “el verdadero sentido de la vida humana no está en la felicidad personal, sino en el hecho de servir a los demás”.

Y en la realización de esa noble tarea, abriremos caminos en medio de la historia que proclamen el mundo nuevo según Dios, un mundo con rostro humano. Es el mundo que desde la fe cristiana esperamos cuando oramos diariamente, “venga tu reino. Que se haga tu voluntad, como en el cielo, también aquí en la tierra”.

Soli Deo Gloria

Ignacio Simal

21 de enero, 2017

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