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Gracias por nuestras hermanas y hermanos

Tiempo de lectura: 2 minutos

Hermanos, debemos dar gracias a Dios sin cesar por vosotros. Es justo que lo hagamos así porque progresáis extraordinariamente en la fe y es cada vez mayor el amor mutuo que os tenéis todos vosotros. Por eso, nos sentimos orgullosos de vosotros en medio de las iglesias de Dios; orgullosos de vuestra entereza y vuestra fe ante el cúmulo de persecuciones y pruebas que soportáis y que son una señal del justo juicio de Dios que quiere haceros dignos del reino por el cual ahora sufrís. (2 Tes. 1:3-5 BTI)

El texto que acabo -acabamos- de leer ha suscitado en el silencio de mi alma el siguiente pensamiento: 2 Tesalonicebeses, o desde la casa de al lado. Sentirse orgulloso de hombres y mujeres, amigos y amigas, que progresan en la fe en Jesús, y observan un amor hacia su prójimo que a cada paso que da, crece en su proyección ¡es un lujo!

Un lujo que la gracia de Dios nos concede, mediante su actuación en la vida de nuestros hermanos y hermanas. No es que nosotros tengamos algo que ver en su progreso, ya que -como acabamos de decir- todo el mérito recae en el Espíritu de Dios que obra en ellos.

Por ello, cuando el día está a punto de romper la noche, hacemos memoria de todos aquellas personas (que son muchas) que han mostrado tal amor hacia nosotros, y hacia el resto de sus hermanos, que nos ha ayudado a ascender escalones en la calidad de nuestra vida de seguimiento de Jesús de Nazaret. Hacemos memoria de ellos, y expresamos nuestra gratitud a Dios por habérnoslos concedido en medio del camino de nuestra peregrinación.

El camino de la fe es un sendero que, a pesar de encontrar circunstancias adversas en su recorrido, merece la pena transitarlo, ya que es una ruta que logra que saquemos todo el jugo posible de la vida. Perseverar en la fe cuando transitamos por valles oscuros nos hace dignos de participar en el mundo nuevo que Adviento nos anuncia.

De ahí que hoy dé gracias a todas aquellas comunidades que me dieron cobijo en el pasado, y las que me conceden en el presente participar de su vida comunitaria. Lo que tengo claro al leer el texto paulino que da inicio a nuestra meditación matinal es que debo ser agradecido (Col. 3:15). Agradecido a Dios, y agradecido a los hermanos y amigos que me son concedidos a través de la vida. Ellos son el buen óleo que augura la bendición plena y la vida perdurable que más allá de las estrellas nos espera.

Soli Deo Gloria

Ignacio Simal Camps, pastor de Betel + Sant Pau

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