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Cantar el futuro de Dios

¡Aleluya! ¡Qué bueno es cantar a nuestro Dios!
¡Qué grata una hermosa alabanza!
El Señor reconstruye Jerusalén,
reúne a los dispersos de Israel;
sana a los de corazón dolido
y venda sus heridas.
(Sal. 147:1-3 BTI)

¡Cantar esperanza! ¡Cantar sueños de Utopía! Cantar el futuro de Dios, como si éste fuera ya una realidad. Mediante el cántico del pueblo de Dios, mediante la alabanza al Dios del Éxodo, experimentamos la suspensión de la historia, y lo que esperamos se realiza en nuestro ser interior. Por un momento, la canción nos traslada al futuro que esperamos. Es una buena experiencia, grata y hermosa, porque nos permite recuperar el resuello para seguir trabajando a favor de la justicia del mundo nuevo que traerá Jesús de Nazaret.

Cuando cantamos, cuando entonamos alabanzas con los cinco sentidos puestos en la letra que nos propone el salmista, iniciamos una ruptura con el presente, tal vez doloroso. Y comenzamos a «ver» a Dios reconstruyendo el mundo, y reuniendo a nuestros hermanos y hermanas que viven en la diáspora. Sentimos que el Señor ya ha comenzado a sanar nuestros corazones heridos, y a vendar nuestras heridas. ¡El futuro ya está aquí! y salimos de la experiencia comunitaria llenos de un optimismo -exento de ingenuidad-, que nos permite navegar contracorriente de la realidad que este mundo injusto e inmisericorde nos impone, o pretende imponernos.

Es evidente que, tanto el acto de cantar como el acto de leer, nos hacen entrar en lo leído o cantado, de tal manera que experimentamos lo que el escritor ha expresado en lo compuesto mediante el noble arte de unir palabras y/o notas musicales, revelando sentimientos alegres o dolorosos, pero bañados en la fe esperanzada en el Dios de Jesús de Nazaret.

Por ello en esta mañana, y en medio del tiempo litúrgico de Adviento, confesamos a voz en grito con el salmista, «¡Aleluya! ¡Qué bueno es cantar a nuestro Dios! ¡Qué grata una hermosa alabanza!».

Soli Deo Gloria

Ignacio Simal, pastor de Betel + Sant Pau